JOURNAL OF COMMUNITY SYSTEMS FOR HEALTH
2026, VOL. 3
https://doi.org/10.36368/jcsh.v3i2.1349
CONVERSACIONES CON
We are a FAIR open access journal

Desde la unidad en las diversidades

Luna Creciente1*

1: Participaron mujeres diversas que pertenecen al Movimiento Nacional de Mujeres de Sectores Populares “Luna Creciente”, de las provincias Cotopaxi, Loja, Pichincha, Pueblo Shuar Arutam y Esmeraldas, Ecuador.

*Corresponding author: mmlunacreciente@yahoo.es

Recibido 26 enero 2026; Aceptado 28 febrero 2026; Publicado 8 marzo 2026


Llegamos temprano a la sede de Luna Creciente. Están ya allí muchas de las mujeres que van a participar en la narrativa grupal. Han llegado de Cotopaxi, de Loja, de Morona, de Pichincha. Algunas viajando toda la noche en el bus, llegando de tierras más cálidas que Quito, ahora abrigadas con chompas y con el calor que se respira en la casa. Algunas vienen con sus hijos, pequeños y jóvenes. Se oyen las risas y nos reciben Manuela y Clarita. Conocen a Erika y se nota el cariño y la confianza. El lugar es acogedor y se puede ver que todas están como en casa. Se conocen y se han juntado muchas otras veces. Esperamos a las compañeras de Esmeraldas, que están retrasadas por problemas en la vía. Lamentablemente las de Sucumbíos no han podido llegar. No es fácil llegar a Quito, y las compañeras hacen un esfuerzo de dejar casa, trabajo, coger buses, pasar una mala noche y madrugada para estar juntas; el esfuerzo vale la pena.

Como somos muchas nos dividimos en dos grupos para empezar las narrativas. Yo me siento con las compas de Cotopaxi, Loja y Cayambe (Pichincha). Pregunto sobre su organización y cómo comenzaron y se abren las compuertas de un río de historias, relaciones y emociones. Se cuentan historias personales, se recuerdan los momentos en que se conocieron, se complementan unas a otras y también se respetan los tiempos. Hay risas. Hay lágrimas. Las historias personales se tejen con las de cada organización, y las de cada organización se trenzan en Luna Creciente.

Hablamos y hablamos, o más bien hablan y hablan. De sus vidas enlazadas con la de la organización, de las nuevas y viejas generaciones, de las críticas que las han hecho ‘bañarse en aceite’ para que les resbalen pero que duelen todavía, de las luchas, el valor y la rabia, pero también de vencer vergüenzas, romper barreras y miedos, compartir, sentir, apoyar, aprender, crecer. El tiempo vuela, y en la sala de al lado escuchamos al otro grupo reír y hablar alto. Es tiempo de terminar y encontrarnos todas para cerrar el momento. Vamos a la sala y Clarita saca unas botellas de vino y vasos, reímos y celebramos el encuentro y el privilegio que nos han ofrecido de compartir sus historias. Hablan de que hace tiempo no había sido posible juntarse por la falta de financiamiento. Es duro mantener el trabajo organizativo en esto tiempos, pero Luna sigue ahí en el cielo, a veces más grande, a veces silueteada; una Luna Creciente cuyo objetivo es, como dice Manuela, nada más que cambiar el mundo. Levantamos los vasos y brindamos por eso: por las mujeres que llegan de todos los rincones para juntarse, compartir historias y luchas, reírse y, nada más que, cambiar el mundo.

1 LUNA CRECIENTE: LA UNIDAD EN LA DIVERSIDAD

Nuestra memoria empieza mucho antes de llamarnos “movimiento”. Nació de la fuerza de varios procesos, de las luchas de organizaciones de mujeres de sectores populares que se buscaban unas a otras hasta encontrarse y reconocerse. En el 2001 decidimos dar un paso más: reunirnos en las diversidades con mujeres negras, indígenas, mestizas, campesinas, trabajadoras, con diversidades también sexo/genéricas y etáreas, glbti diversidades sexuales, todas queriendo hacer algo juntas. Construir un Movimiento de organizaciones de mujeres de sectores populares.

“Al inicio no teníamos nada. Lo poco que teníamos lo compartíamos. Algunas llevaban papas, otras queso, otras lo que podían, y así armábamos nuestros encuentros. Una de nosotras gastó hasta el último aliento de su carro recorriendo el país para convocar a las demás, recuerda cómo en Sucumbíos fue el ejército quien la rescató cuando quedó atrapada en un río. Así empezamos: con solidaridad, con coraje y con hambre de justicia. En el 2004 dimos forma oficial a Luna Creciente, con la convicción de que nuestra voz sería colectiva y que pelearíamos juntas por todas las soberanías”.

2 La organización de Cotopaxi: soñar cambios para las mujeres

En Cotopaxi nuestro camino empezó en abril de 1984. Veníamos marcadas por un sistema de haciendas donde la palabra del patrón, del mayordomo o del cura pesaba más que cualquier vida. La mujer trabajaba más que el hombre en la tierra, pero no contaba ni en las asambleas ni en las decisiones. Éramos invisibles: sin voz, sin voto, sin derecho a decidir sobre los hijos que teníamos o sobre nuestro propio cuerpo.

Frente a tanta violencia y maltrato, decidimos organizarnos. Al inicio lo hicimos para detener la violencia intrafamiliar, porque ese era el dolor más cercano, más urgente. Nos reunimos primero para reconocernos como compañeras, para compartir lo que vivíamos y atrevernos a hablar de lo que nunca antes había sido permitido. De esa semilla nació nuestra organización: de un grito colectivo contra el silencio impuesto.

3 El proceso de Loja: de un grupo de amigas a ser parte de Luna Creciente

En Loja nuestra historia empezó como la de un grupo de amigas activistas mestizas que, sin pertenecer a ningún espacio formal, nos juntábamos porque intuíamos la necesidad de organizarnos. Desde el 2000 empezamos y poco a poco fuimos creciendo. En 2010 escuchamos hablar de Luna Creciente, pero nosotras aún no éramos parte. Sabíamos que compañeras del pueblo Saraguro eran parte de Luna Creciente, y en 2018, gracias a una compañera de esa zona asistimos a uno de sus talleres nacionales.

Ese encuentro nos marcó. Reconocimos que ya no estábamos solas, que había mujeres en otros territorios compartiendo sueños y luchas similares. Desde entonces seguimos siendo parte. Con Luna Creciente aprendimos la fuerza de lo colectivo, la importancia de nombrar lo que vivimos y de hablar de temas para los que nunca antes habíamos tenido espacio: la salud integral, la salud sexual y reproductiva, la solidaridad entre mujeres y entre territorios.

4 Pueblo Shuar Arutam y Esmeraldas: formando alianzas

El pueblo Shuar Arutam (en la Amazonía), aunque nunca fue conquistado por los españoles, sufrió después la violencia de la minería que arrasó con comunidades enteras. Las compañeras Shuar encontraron con nosotras una alianza y tejimos juntas camino, aunque ellas no tengan personería jurídica formal. Lo mismo pasó en Esmeraldas: las mujeres negras de San Lorenzo y de los cantones fronterizos se acercaron, se reconocieron en nuestras luchas y se hicieron parte de la dirección colectiva.

Así, Luna Creciente se fue expandiendo no por programas ni financiamiento, sino por confianza, por necesidad de sostenernos mutuamente frente a las injusticias. Cada nuevo territorio que se sumaba traía su fuerza, sus historias y sus sabidurías y nosotras aprendíamos y aportábamos a esa diversidad que nos hace movimiento.

5 Integrarse en Luna Creciente: articularse con personas de confianza

Integrarse al movimiento no fue un acto burocrático, sino un camino de confianza. Muchas llegamos por invitación de compañeras que ya estaban adentro, como aquella vez que desde Cotopaxi recibimos la propuesta de unirnos. No bastaba con que una lo decidiera: teníamos que consultarlo en Asamblea, porque la palabra para nosotras no es individual sino colectiva.

“Recuerdo que lo primero que pedimos fue participar en una movilización del 8 de marzo en Guamote. Para muchas de nuestras compañeras fue la primera vez que salían de Cotopaxi. Viajamos en tres buses llenos, cargando comida que compartimos entre todas. Era abrir una puerta hacia otro mundo, reconocer que éramos parte de algo mayor.”

“Los encuentros nacionales se volvieron un espacio vital: 80, 100 mujeres compartiendo sus realidades, hablando de lo bueno y lo malo, aprendiendo unas de otras. Con o sin financiamiento, nosotras poníamos lo que podíamos para seguir. Y así se fortaleció el movimiento, porque descubrimos que lo que nos unía era más fuerte que cualquier carencia”.

“Al momento de reunirnos o en los talleres que teníamos, conocíamos la realidad de los distintos territorios y todas nos empoderamos. El tema de la solidaridad es algo que nosotras valoramos mucho. Nosotras hemos podido evidenciar lo importante que son los espacios organizativos. En Luna Creciente nosotras conocimos a profundidad temas de mucha importancia como salud integral, salud sexual, salud reproductiva, realidades políticas”.

6 Las luchas colectivas son más importantes y efectivas

“Nosotras somos la suma de organizaciones, no solo de personas. En Quito, por ejemplo, muchas compañeras han intentado levantar organización popular, pero en las ciudades grandes es dificilísimo por las jerarquías y lógicas occidentales. Varias dirigentas han querido acercarse como individuos, pero nuestra apuesta nunca fue individual: nuestros fines son colectivos”.

“El movimiento nos enseñó una gran lección: las luchas colectivas son las que importan. Se juntan a luchar por nuestros cuerpos, por nuestras tierras, por nuestros territorios. Esa conexión entre cuerpo–tierra–territorio no es sencilla de explicar, pero para nosotras es evidente: todo está unido, todo es político. Por eso hablamos de autonomías y soberanías en nuestras decisiones; ahí está el centro de nuestra praxis”.

“Hemos aprendido a superar dificultades y y aunque no hemos transformado todavía a la sociedad, vemos avances reales. Nuestra organización, a nivel provincial, logró ser parte de otros espacios amplios como el primer Parlamento Plurinacional, gestado desde Luna Creciente en Loja. Allí nos encontramos con médicos que defendían la despenalización total del aborto. Ya no éramos solo nosotras, se sumaban otros sectores a respaldar la lucha”. “Aprendimos también que la única manera de ganar algo a nivel nacional es con red, con unidad. Si no estamos juntas, podemos pasar sin lograr nada. Pero si estamos unidas, las compañeras en las comunidades saben que Luna Creciente es esperanza: juntas podemos alcanzar mucho”.

“Desde lo personal, muchas de nosotras empezamos con la pasión feminista y territorial de forma autónoma, cada una en su rincón. Pero el movimiento nos mostró que la unidad, tanto en lo local como en lo nacional, es el verdadero camino para lograr cambios profundos”.

7 Sólo cuando realmente conocemos podemos defender

Estamos convencidas de que solo conociendo a fondo el territorio podemos defenderlo. Mientras más entendemos lo que pasa, más visibles se vuelven las inequidades. Por eso impulsamos escuelas de formación: para que las compañeras se empoderen con conciencia, con conocimiento, con herramientas. Solo así se puede pelear.

Esos espacios de formación y los intercambios, tanto nacionales como internacionales, han sido claves. Ir, ver, debatir, escuchar, proponer, aprender: eso transforma. No es lo mismo que recibir instrucciones desde arriba. Para nosotras, el conocimiento compartido y vivido es lo que hace real el trabajo político.

La despenalización del aborto es uno de nuestros frentes, pero no el único. Conocer, aprender y replicar experiencias nos ha servido para múltiples luchas. Por eso insistimos: solo cuando realmente conocemos, podemos defender lo que es nuestro.

8 Somos movimiento: unas estamos, otras han salido, otras vendrán

En Luna Creciente decimos: “con nosotras las que nos anteceden, con nosotras las que nos continúan, creceremos y haremos una luna creciente que a todas nos ilumine con ternura y pasión”. Otras veces decimos: “con dignidades y justicias”. Así nos nombramos, así nos reconocemos.

En Cotopaxi, por ejemplo, empezamos en abril de 1984 con quince mujeres. Hoy solo tres seguimos vivas; las demás partieron, pero sentimos que desde allá nos siguen dando fuerza y sabiduría. Logramos erradicar la violencia en nuestra parroquia en un 80 o 90%, un cambio enorme que se construyó con años de organización.

Cuando algunas hablan de aquel 84, otras apenas eran niñas. Muchas de nosotras somos hijas del proceso que nuestras madres iniciaron. Eso es lo bonito de las diversidades dentro de Luna Creciente: unas estamos, otras se van, otras vendrán. Porque esto es movimiento, y no hay reglas estrictas: no somos iguales ni queremos serlo.

Sabemos que en otros países ya se logró la despenalización del aborto. Nosotras también lo lograremos. Tal vez no sea en nuestra generación, pero tras nosotras -o junto a nosotras- vienen más compañeras que seguirán caminando. La fuerza no se apaga, se multiplica.

9 Creemos en la disyuntiva: la fortaleza está en la diversidad

En el movimiento siempre hemos pedido unidad desde la diversidad. Esa unidad no significa uniformidad: cada una viene con su propio camino, con sus propios objetivos. Y aunque muchas veces se nos ha querido atacar por esas diferencias, creemos que ahí está nuestra fortaleza. En cada escuela política, en cada reunión, en cada taller, compartimos, analizamos, discutimos. Creemos en la disyuntiva: no somos iguales, pero queremos los mismos derechos para todas.

Durante mucho tiempo trabajamos el tema de salud sexual y reproductiva como parte de la planificación familiar, y poco a poco fuimos abriendo camino hacia el aborto seguro. A veces lo hacíamos en voz baja, en secreto, en lugares donde no podíamos decirlo abiertamente; otras veces lo gritábamos sin miedo. Esa es también nuestra manera de existir en la diversidad: respetar que no todas podemos decir o hacer lo mismo en cada momento, pero caminar juntas igual. Nosotras no destruimos organizaciones por los no consensos, al contrario: creemos que ahí está lo valioso. Que la fuerza viene de confluir desde diferencias, no de borrarlas.

La confianza que hemos construido entre mujeres de tantas edades, culturas y territorios es uno de nuestros mayores logros. En Luna Creciente participan compañeras desde los 13 o 14 años hasta las mayores, que ya somos de la tercera edad. Hemos compartido saberes ancestrales, experiencias de vida, dolores y alegrías. Hemos resistido juntas en tiempos duros y también hemos celebrado en tiempos buenos: con teatro, música, fotonovelas, videos, marchas, fiestas, campeonatos de fútbol y noches culturales. Nuestros encuentros reunían a más de cien mujeres durante dos días de trabajo y fiesta. Ese intercambio de saberes, de generaciones, de culturas, nos da la fuerza de seguir mientras estemos vivas. ¡Aquí habemos tantas diversidades, carajo!

En ese camino también conocimos a las compañeras trabajadoras sexuales de Machala. Ellas estuvieron desde el inicio y con ellas hicimos talleres, compartimos aprendizajes. Nos capacitaban y a la vez nosotras aprendíamos de sus experiencias. En un intercambio con las compañeras Saraguros, por ejemplo, hablaron de su trabajo, de cómo se vive el cuerpo, del amor, de los ingresos. Entre bromas y verdades llegaron a la conclusión de que se podía financiar un gran encuentro del movimiento -con unos 3.000 dólares- vendiendo todo el vestuario de fiesta de una compañera Saraguro, más que con lo que ganaban las demás. Ese tipo de diálogos nos enseñaron a mirarnos desde la honestidad, sin vergüenza.

Con el tiempo, las trabajadoras sexuales como organización se apartaron del movimiento, pero varias seguimos en contacto, porque la confianza tejida no se borra.

Hoy seguimos sembrando. Mi nieta de doce años, por ejemplo, nos escucha, nos observa, se va formando desde su pueblo, recogiendo lo que decimos y hacemos. Eso es lo más hermoso de este movimiento: respetar la identidad de cada una, construir escuela entre niñas, jóvenes y mayores. Hemos aprendido que la vida no se mide por los pasos que damos, sino por las huellas que dejamos. Y esas huellas, estamos seguras, quedarán mucho después de nosotras.

10 NUESTRA TRAYECTORIA EN DERECHOS SEXUALES Y REPRODUCTIVOS

11 Aborto, derechos sexuales y reproductivos son temas complicados de tratar en la organización

Fue muy duro en las comunidades cuando empezamos a hablar de salud integral, porque ahí estaba todo: el aborto, la anticoncepción, la decisión sobre el propio cuerpo. Para muchas compañeras, hablar de eso era ganarse el rechazo. Nos señalaban de estar con el diablo, de ir por lo prohibido. Escuchábamos a los hombres decirnos: “nosotros varones hemos de decidir cuántos hijos tener o no, ustedes solo tienen que parir”. Llegamos a extremos de conflicto entre hombres y mujeres que dolían profundamente.

En Loja, igual que en otros territorios, el peso de la religión nos cerraba caminos: hasta la planificación familiar era pecado, una falta moral. Desde el púlpito los sacerdotes nos acusaban de matar niños, nos insultaban. Pero nosotras, convencidas de que teníamos razón, seguimos. En San Patricio, por ejemplo, tuvimos un encuentro difícil: poner en debate temas de salud sexual y reproductiva entre las organizaciones era un choque fuerte, sobre todo con las compañeras ligadas a la iglesia.

Al inicio no podíamos decir “aborto”, entonces hablábamos de “esas aguas para que regrese la menstruación”. Gracias a las feministas que nos acompañaban, fuimos incorporando la medicina ancestral: plantas, limpias, cuy. Y comprendimos que en nuestros cuerpos, que regrese la menstruación significaba no tener el wawa. Ahí nos preguntábamos con fuerza: ¿tenemos o no tenemos derecho a eso? Entonces juntamos: renta universal para las mujeres, aborto seguro y feminicidio como ejes conjuntos.

12 La lucha por la despenalización del aborto

La despenalización fue siempre un tema complejo, un tabú que generaba tensiones. Pero nosotras lo enfrentamos con formación y sensibilización. De a poquito, con paciencia, con espacios de confianza. Hasta que la iglesia nos salió públicamente: no solo la católica, también la evangélica, juntas. Se unieron con colegios, con padres de familia, con planteles fiscomisionales y organizaron marchas y acciones contra nosotras. Querían callarnos. Y nosotras seguimos, convencidas de que teníamos que hablar de esto aunque incomodara a muchos.

13 Formaciones y promoción de la salud: la salud en manos de las mujeres

Aprendimos que formarse no era solo recibir un certificado. Ser promotora de salud era compromiso: formarse para apoyar, para acompañar. Hicimos folletos sobre métodos anticonceptivos y los compartimos en asambleas. A veces las compañeras rechazaban, escondían los condones diciendo: “eso es para los médicos, no para nosotras”. Pero otras, como doña Dolores Lara, partera, nos decía con claridad: “esto se usa, se usa así y así, no hay que asustarse”. Y con ella caminamos, porque sabía hablar desde la confianza.

En muchos momentos nos cuestionaron: “usted no es médica, ¿cómo habla de esto?”. Entonces fuimos a los centros de salud con un escrito del movimiento y exigíamos primero el Papanicolaou para las compañeras. Posicionamos el derecho a la salud con argumentos y con hechos. Así desde 2010 realizamos campañas de Papanicolaou para todas las mujeres de las comunidades, en las que conseguimos que muchas se atrevieran a hacérselos y compartir resultados que no conocían sobre su propio cuerpo.

El camino estuvo lleno de historias duras. Una compañera se provocó un aborto y quedó con infección; corrimos para ayudarla. En las fronteras, mujeres violadas pedían la pastilla del día después, y muchas veces llevar los anticonceptivos era hacerlo con miedo, con nervios, como si cargáramos algo prohibido.

Hicimos visible también el cáncer de cuello uterino, hablamos de prevención, insistimos en campañas. Siempre con la convicción de que la salud tenía que estar en manos de las mujeres, y que cada una debía conocer y defender sus derechos.

14 Sexualidad desde nosotras mismas

Para muchas de nosotras ha sido difícil reconocer que la sexualidad no es solo un asunto de maternidad o de salud pública, sino parte de nuestra vida, de nuestro placer, de nuestra dignidad. En las comunidades, las parteras contaban en confianza que cuando llegaba el marido borracho, tocaba como sea, y después venía otro embarazo. En nuestras conversaciones íntimas salía esa verdad: que muchas nunca nos habíamos sentido bien, que nunca vivimos esa sexualidad agresiva ni con cariño ni con amor.

Al inicio hablar del placer parecía imposible. Varias compañeras mayores decían: “yo conocí a mi marido el día que vino a pedirme la mano, y desde ahí directo al wawa (hijo/a), nada de enamoramiento, de conocerse”. En ese contexto, la violación estaba naturalizada, incluso por médicos que aconsejaban a una partera que pusiera a su hija con un hombre para que le bajara la menstruación.

La estrategia fue hablarnos entre nosotras. Con confianza, con cuidado. Escuchamos compañeras desesperadas: una que pensaba en el suicidio, otra que había tomado veneno de rata y sobrevivió. Nos dimos cuenta de que antes de decidir, siempre pesaba el qué dirá la familia, la comunidad, el marido. Aprendimos a no dejar a ninguna sola: siempre buscamos a otra, como cuando llamamos a la Manuelita para orientarnos en casos difíciles.

En 2012 conquistamos la Ley de Maternidad Gratuita y Atención a la Infancia, fruto de la lucha de las diversidades de mujeres del Ecuador, aunque después nos la arrebataron. Esa norma nos permitió tocar otros temas, abrir puertas para hablar de lo que se callaba: la sexualidad, la autonomía, el derecho a decidir.

15 Trabajar en comunidades: no podíamos de golpe decir que íbamos a tratar el tema del aborto

En las comunidades tuvimos que aceptar que muchas veces no se podía llegar de frente hablando de aborto. Había que tener tino, ir paso a paso. Formamos promotoras de salud que iban introduciendo el tema desde la planificación familiar, explicando que decidir cuántos hijos tener no era promiscuidad, sino dignidad. Con las compañeras jóvenes había más apertura, con las mayores costaba más.

Allí donde no se podía decir aborto, hablábamos de “hacer volver la menstruación”. Era una forma de protegernos. Porque en ciertos lugares, si nombrábamos la palabra aborto nos costaba la vida. Con esa estrategia logramos hablar y acompañar a las mujeres sin que nos cerraran las puertas.

Aún hoy vemos comunidades donde hay mujeres con 13 o 14 hijos. Nosotras sabemos que mientras más empobrecidas están, menos acceso tienen a organizarse, y más difícil es decidir sobre sus cuerpos. Por eso seguimos insistiendo: juntas podemos alcanzar mucho, aunque el camino sea largo.

16 Recurrir a los saberes ancestrales: estos conocimientos no son nuevos ni de fuera

En Luna Creciente hemos aprendido a sostenernos con las sabidurías ancestrales. En los encuentros nacionales y locales recogimos prácticas de todas las provincias: plantas como la ruda, huertos comunitarios, intercambios de semillas, conocimientos de parteras y curanderas. Cuando no había recursos, ahí estaban esas hierbitas y saberes que nuestras abuelas y bisabuelas usaron siempre.

Estos conocimientos no son moda ni invento. Siempre se habló de “hacer regresar la menstruación”, aunque fuera en voz bajita. Abortar no es algo nuevo: es una práctica de la que se ha hablado en todos los tiempos, aunque nos quieran silenciar o acusar de ser “vendidas a extranjeras”. Nosotras sabemos que está en nuestra memoria colectiva.

En comunidades Shuar, por ejemplo, las compañeras recordaban que a las niñas les daban jengibre para cuidar sus cuerpos desde jóvenes. En cada territorio hay plantas, remedios, modos de acompañar. Y junto a eso, relatos de mujeres que decidieron no casarse para no ser controladas, o de trabajadoras florícolas que sufrieron violencia y buscaron apoyo.

A esto nosotras le llamamos recuperación de memoria, porque estos temas no son cosas traídas de fuera ni son nuevos. Ahora es más fácil hablar directamente del aborto otra vez, pero tenemos que recordar que esta no es la primera ola de despenalización en Ecuador. Nosotras lo sabemos porque lo hemos vivido. Cuando éramos guaguas y llegábamos a las reuniones organizativas, las compañeras decían: “que levante la mano la que no ha sufrido violencia, que levante la mano la que no conozca a una mujer que haya abortado”. Y casi ninguna levantaba la mano. Abortar no es algo de hace cinco, diez o quince años. ¡No es! Es algo de lo que siempre se ha hablado, aunque sea en voz baja en nuestras comunidades, aunque también algo que siempre se ha intentado silenciar.

Como estrategia, vimos que debíamos hablar desde nuestras propias realidades y saberes ancestrales. Empezamos a recordar: “mi mamá usaba tal cosa cuando estaba por parir”, “mi abuela hacía esto o aquello para volver la menstruación”. Esos conocimientos siempre han existido en nuestros sectores, aunque fueran transmitidos en voz bajita, de madre a hija, de abuela a nieta. Teníamos que trabajarlos poco a poco, porque si hablábamos de frente nos acusaban de ser asesinas o de estar vendidas a las gringas y europeas que venían con el tema de moda para meternos otras cosas.

Lo importante es que nosotras hemos aprendido a hablar desde la confianza. Una compañera llegó con fiebre, con mal olor, con una infección fuerte después de un aborto mal practicado. Otra historia fue la de una mujer joven que había sido violentada en una empresa florícola, donde la mayoría de las trabajadoras son mujeres y, sobre todo, mujeres jóvenes. En esos casos, las compañeras buscaron apoyo en nosotras porque sabían que habría escucha, orientación y acompañamiento.

17 Hacer educación sexual de mujer a mujer

Desde hace varios años empezamos a enseñar de forma práctica cómo poner el condón. En Cotopaxi, por ejemplo, los varones decían que eran pobres y no podían comprarlo. Entonces hicimos cuentas con ellos: cuánto cuesta una cerveza o una Coca-Cola en comparación con un condón. Después de esa reflexión ya había más conciencia y nosotras mismas llevábamos condones para repartir. Lo mismo con las pastillas.

“Para muchas fue la primera vez de hablar abiertamente de nuestros cuerpos. Yo, por ejemplo, hasta tener tres hijas no sabía qué era un condón; lo aprendí en el movimiento, en las prácticas entre compañeras, con vergüenza al inicio, pero también con confianza. Así aprendimos a compartir con nuestras hijas e hijos sin repetir los miedos y silencios con los que crecimos. En nuestras comunidades, hablar de sexualidad era tabú y el aborto era considerado pecado, pero poco a poco se fue abriendo la posibilidad de controlarse con pastillas, T de cobre o inyecciones. Hoy las jóvenes saben más, aunque todavía hay silencios y desigualdades”.

“Hoy la educación es cara, no hay trabajo y ya no es como antes, cuando la familia podía sostenerse con la tierra. Por eso muchas jóvenes buscan protegerse con algún remedio o método. Yo crecí con miedo: mi papá y las monjas nos decían que `eso´ no era bueno, y así le temía a los hombres. Nunca usé anticonceptivos modernos, solo conocí de plantas que las abuelitas compartían en secreto, con discreción.”

18 Cuestionamos todos los colonialismos

En el tema de financiamiento externo a veces sentimos que no hay un interés real por llegar a nuestras organizaciones ni a los territorios populares. Más bien se imponen agendas: “solo apoyamos aborto, y si quieren trabajar extractivismo, busquen otro financiamiento”. La colonialidad ha mutilado a nuestros pueblos y por eso somos críticas. No nos identificamos ni como ONG ni con la academia. El patriarcado es colonial, pero no solo occidental: también existe un patriarcado ancestral, incluso en pueblos como el Shuar Arutam, que nunca fueron colonizados. Tenemos el ejemplo de una compañera ya adulta que en pueblos profundamente machistas decidió romper la idea del matrimonio, no tuvo hijos y logró contra todas las costumbres ser dirigenta de las organizaciones mixtas.

Unidos al derecho a la decisión sobre nuestros cuerpos y nuestros territorios hemos luchado contra el capitalismo y el racismo desde las vidas y posiciones de las mujeres. En nuestras escuelas analizamos los sistemas de opresión, desde el esclavismo y el feudalismo hasta el capitalismo y el imperialismo, junto con las transformaciones de los feminismos. En relación al aborto, hemos discutido mucho quiénes tienen realmente garantizada una salud sexual y reproductiva y quiénes no. Conectamos con una red internacional que nos dio información sobre el misoprostol y sus riesgos, pero en la práctica a veces se convirtió en un negocio: había hombres que cobraban hasta 280 dólares por unas pastillas.

Por no callarnos, muchas veces no recibimos financiamiento. Recuerdo una visita de una ONG global donde una señora señalaba a las compañeras y preguntaba “¿Qué es vagina?”, evaluando con un chupete como premio. Solo contaban números: cuántas píldoras entregadas, cuántas usuarias de misoprostol. Nosotras tratábamos de explicar que en las comunidades no se puede repartir anticonceptivos así nomás, porque si el marido los encontraba, la mujer corría el riesgo de una golpiza. Pero la respuesta era: “ahí hay que decirles a las mujeres que esto se usa”. Esa lógica impuesta nos hizo aún más críticas al colonialismo y al modo en que se instrumentalizan nuestros cuerpos.

19 Desde el sentir y desde el cuerpo

En Luna Creciente trabajamos no solo desde el pensar y analizar, sino también desde el sentir. Creemos en la integralidad. Lo vivimos cuando compartimos con las compañeras trabajadoras sexuales, que preguntaban entre risas a las indígenas: “¿Y ustedes cómo hacen cuando tienen ganas, con tantas faldas?”. O cuando las compañeras indígenas, por primera vez, pudieron llegar a la playa, meterse al mar con sus anacos. Esa intimidad, el convivir algunos días, también es parte de cómo nos relacionamos con nuestros cuerpos.

En los talleres hemos insistido en que la sabiduría no solo viene de la academia. Si una mujer no escribe o no lee, eso no le resta valor a su experiencia. Hemos hablado de la economía política de los cuerpos, de cómo se impone dominación también desde el conocimiento occidental. No reconocemos únicamente lo académico, porque en la medicina misma se han marginado los saberes ancestrales de pueblos y nacionalidades. Nosotras hemos aprendido a validar otras formas de pensamiento y de sentir, desde nuestros cuerpos y territorios, porque sabemos que allí también habita la resistencia.

20 La importancia de involucrar a los hombres

¡Cómo hemos luchado por el derecho al aborto, cuántos años! Venimos de familias grandes, nuestras madres tuvieron hasta más de 12 hijos. Pero nosotras también hicimos otro camino: organizarnos en la comuna, en la vida comunitaria, en la defensa de los derechos. Muy pronto comprendimos que a más de empoderar a las mujeres: era necesario también incluir en los hombres.

Por eso desde el inicio los incluimos en nuestro trabajo. Organizamos talleres, obras de teatro, fotonovelas, spots, bibliotecas comunitarias para lograr espacios de diálogo. Les preguntábamos: “¿Cómo están su familia y su comuna? y ahí recién caían en cuenta de lo que significa traer hijos al mundo sin poder darles educación, alimentación, ni un futuro seguro, cuando el Estado no garantiza lo mínimo. Empezamos a sensibilizar a los hombres y eso nos ha dado algunos resultados.

A veces los hombres llegan con acusaciones: “ustedes son responsables de las muertes de las niñas”. Entonces nosotras les respondimos con preguntas directas: “¿Cuántos hijos tiene usted?, ¿qué aportó cuando su mujer estaba embarazada?, ¿cómo la trató?, ¿quién decide cuántos hijos tener?”. Poco a poco se daban cuenta de su responsabilidad y, con el tiempo, algunos pasaban a ser defensores de nuestra organización. El propio presidente de la CONAIE, hijo de una fundadora, es ejemplo de ese cambio.

Claro que no ha sido fácil. Al principio hubo resistencias: “ni machismo ni feminismo” decían. Pero fue un proceso, aclaramos conceptos, compartimos luchas y logramos avanzar. En nuestras comunidades hemos defendido siempre que el trabajo por la vida y contra la violencia tiene que ser conjunto. Empoderar positivamente también a los hombres es necesario para caminar hacia la despenalización total del aborto y hacia una vida sin violencias.

Algunas organizaciones feministas nos miran con sospecha por esto. Nos llaman tibias porque no odiamos a los hombres o porque caminamos con ellos; otros dicen que somos demasiado confrontativas porque no solo luchamos por la paridad, sino también por el cuerpo, el territorio, contra los extractivismos. Nosotras no estamos en el medio: tenemos claridad política y un feminismo comunitario.

En este camino hubo hombres que, al inicio, se acercaron desde el machismo, pero luego quisieron incluso llamarse parte del movimiento de Luna Creciente. Y aunque no podíamos darles gusto porque somos un movimiento de mujeres su deseo mostraba la fuerza de lo que estábamos construyendo.

Trabajar con pueblos como el Shuar Arutam nos mostró otra dimensión. Allí tuvimos que pedir permiso al presidente de la comunidad, y muchas veces enfrentamos resistencia de los varones que no querían que las mujeres se reunieran. Decían: “¿acaso solo ellas viven? también queremos participar”. Nosotras mostrábamos la vida real: las mujeres que despiertan primero y duermen al final, que cargan con los hijos, que son obligadas a tener muchos embarazos porque si no, “no sirven como esposas”. Allí también había disputa, celos, miedo, pero también mujeres valientes que decían: “nosotras sí queremos controlarnos”.

En Luna Creciente hemos aprendido que el feminismo comunitario no se impone, se construye paso a paso, desde las condiciones concretas de cada pueblo. No llegamos a enseñar, llegamos a escuchar, a caminar juntas y juntos. Y ese es nuestro modo de transformar la vida.

21 INCIDENCIA POLÍTICA

22 Incidencia política y en territorios en aborto

En Luna Creciente hemos impulsado muchos procesos que han marcado políticas y programas en distintos niveles: local, nacional, regional y hasta mundial. Nuestros pasos han abierto camino en derechos sexuales y reproductivos, sobre todo en torno al aborto. Pero hemos aprendido que una ley, por sí sola, no garantiza cambios reales en nuestros cuerpos ni en nuestras vidas. Podríamos haber insistido en la retórica de “somos avanzados”, ganar presupuestos y aparecer en titulares y redes, pero ese nunca fue nuestro interés. Para nosotras lo fundamental se construye en el cotidiano de las comunidades, en la práctica de la autonomía y la soberanía. Por eso preferimos hablar de aborto seguro más que de despenalización.

También hemos visto cómo la colonialidad atraviesa la salud. Lo vivimos, por ejemplo, en las brigadas médicas que llegaron al pueblo Shuar Arutam: desde la ciudad llevaban pastillas y anticonceptivos, pero sin proceso ni continuidad. Eso no resolvía nada, muchas veces dejaba problemas peores. Frente a eso, nosotras apostamos por el trabajo comunitario, por sensibilizar desde dentro y sostener a las mujeres con cercanía y respeto.

Antes de la Constituyente de 2008 ya habíamos logrado avances con el acceso al misoprostol, aunque era difícil que las promotoras lo usaran en los territorios. En Montecristi, por primera vez muchas de nosotras tomamos un avión para estar ahí, junto a otras redes y organizaciones de mujeres. Peleamos con fuerza por dos propuestas: la renta básica universal para las mujeres y la despenalización total del aborto. No fue fácil.

Ese mismo año, en el debate del COIP, llevamos la propuesta de que el feminicidio debía ser reconocido como responsabilidad del Estado, por acción u omisión, y no solo como un crimen individual. La respuesta fue dura: “eso será después de un siglo”, nos dijeron. El Estado se desentendió tanto del feminicidio como de los delitos de lesa humanidad y optó solo por el aumento de penas. Aun así, entre congresos internos y diálogos con otros movimientos, seguimos insistiendo.

Nuestra incidencia ha sido potente, sobre todo en lo local. Antes del gobierno de Correa ya llevábamos propuestas a los Gobiernos Autónomos Descentralizados (GAD). Aunque a veces nos cuesta esfuerzo ese trabajo de incidencia política en lo nacional, sabemos que hay que hacerlo. Porque todo lo que hacemos, desde lo más pequeño hasta lo más amplio, es político y es política feminista.

23 Luna Creciente aboga por el derecho al aborto libre, seguro y gratuito

Nosotras apostamos por un aborto libre, seguro y gratuito, sobre todo sin trabas desde nuestros territorios. Lo que se ha conquistado hasta ahora no fue fácil: hubo análisis, debates y alianzas con algunos pocos asambleístas dispuestos a escuchar y sobre todo con otras expresiones de los movimientos de mujeres y feministas; por ejemplo, la despenalización por violación y las acciones de aplicación en la Corte Constitucional. Y aun así, en los territorios, sobre todo fuera de Quito y otras ciudades grandes, en nuestras comunidades sigue siendo un problema.

Nuestra meta es clara: la despenalización total, como ya ha ocurrido en Argentina y Colombia, referentes que nos inspiran y nos sostienen. Sabemos que no basta con la ley, hace falta transformar conciencias, en especial dentro de las casas de salud, donde persisten prejuicios y resistencias. En las comunidades hemos avanzado mucho, pero todavía nos criminalizan desde las iglesias, las instituciones y el propio Estado. Nosotras lo entendemos como una cuestión estructural: toda la vida han juzgado y castigado nuestros cuerpos.

24 Violencia de género y aborto

La violencia que vivimos las mujeres es un asunto importante del derecho al aborto. El feminicidio, por ejemplo, durante años fue negado: decían que solo ocurría en las ciudades, invisibilizando lo que pasaba en nuestras comunidades. En encuentros con dirigentes hemos llevado adelante la discusión sobre las sentencias comunitarias sobre violencias contra las mujeres y el derecho a la decisión sobre sus propios cuerpos.

En 2012 investigamos más a profundidad lo de salud sexual y reproductiva en varias zonas y descubrimos una verdad dolorosa: muchas mujeres habían sido violadas por sus propias parejas, y de esos embarazos forzados surgían crisis postparto, partos no llevados a término y una práctica estremecedora en una de las zonas: dejar a los recién nacidos en una quebrada porque no podían criarlos ni acceder a un aborto seguro. “Ya tengo ocho guaguas, no tengo trabajo, mi pareja nunca está, solo sobrevivo”, nos decía una compañera. En esos contextos, con esos testimonios y otros ratificamos que el aborto seguro es una necesidad vital. Incluso acompañamos casos de criminalización, como el de una mujer en Chimborazo procesada por interrumpir su embarazo.

En uno de los territorios indígenas recuperamos este testimonio: “Cada cultura ha tenido sus formas. En tiempos pasados, si nacía una niña ya se la asignaba a un hombre; desde los seis o siete años la llevaban de cacería como si fuera parte de un contrato. Eso también era violencia, matrimonios sin amor ni consentimiento. Hoy las realidades han cambiado: vivimos más mezcladas con población mestiza, conocemos nuestros derechos y reconocemos que el control sobre nuestros cuerpos es un aprendizaje en construcción”.

25 HACIENDO FRENTE A CRÍTICAS, PERSECUCIONES Y RETOS

26 Intentos de infiltrar la organización para romperla

Cuando empezamos a hablar de la despenalización del aborto, también comenzaron los intentos de dividirnos. Algunas compañeras llegaron recomendadas, se parecían cercanas, amigas, apoyaron en marchas y en acciones. Pero pronto vimos cómo su comportamiento cambiaba: lo que buscaban era acabar con la organización desde adentro. Fue un proceso doloroso tener que separarlas, pero sabíamos que no podíamos permitir que se rompiera lo que habíamos construido juntas.

27 El poder de la iglesia: la sexualidad como pecado para las mujeres

Al inicio, hablar de aborto dentro de nuestras culturas fue muy duro. Con las sanadoras, con las mamas de sabiduría, había miedo. Muchas compañeras estaban vinculadas a iglesias -católicas y evangélicas- que enseñaban que la sexualidad era pecado. El primer reto fue atrevernos a hablar entre nosotras, mirarnos y poner el aborto total en nuestra agenda, así como la renta básica. Pero llevar esa palabra a las comunidades no fue fácil: había resistencia de mujeres y sobre todo de los dirigentes varones.

Varias cargamos esa lucha desde jóvenes. Una de nosotras, con apenas dieciséis años, fue denunciada por “agitadora” por un cura del pueblo. Otra recuerda cuando replicábamos un taller en una de las organizaciones: un sacerdote recién llegado se enfureció al vernos hablar de aborto, nos amenazó con denunciarnos en la parroquia. Le ofrecimos un vaso de agua para calmarlo. Una compañera, embarazada, levantó la mano y le dijo: “Yo no quería tener este hijo. ¿Acaso usted, padre, nos va a ayudar a criarlo?”. Eso lo hizo callar. Nosotras siempre hemos dicho: a cura que llega, se le pone claro desde el principio quiénes somos y por qué luchamos. Porque la Iglesia, los medios, la oligarquía, son poderes que nunca han querido que las mujeres decidamos.

En Loja vivimos otra experiencia: Mientras defendíamos el agua contra el extractivismo, al mismo tiempo y vinculado al tema defendíamos el aborto como parte de la decisión sobre nuestros cuerpos y territorios. Una ONG católica entró en las comunidades, pero a la par que hablaban de cuidar la naturaleza, advertían contra nosotras: que éramos asesinas, que con pañuelos verdes promovíamos el aborto. En respuesta, impulsaron sus pañuelos celestes para marcarnos como enemigas.

28 Crecer con miedo impuesto

“Algunas de nosotras venimos de internados religiosos. Una compañera indígena, huérfana desde niña, recuerda que las monjas enseñaban que tener un amigo hombre era pecado, peor aún embarazarse. Decían que las mujeres con blusas de tiras eran `putas´ y que un aborto llevaba directo al infierno. Nunca pudimos hablar de anticonceptivos ni de cómo vivir la sexualidad con libertad. “Entre compañeras nos preguntábamos en secreto cómo no embarazarse; unas decían que sus abuelas les daban plantas como la malicua o la seda para cuidarse. Esa fue la educación que recibimos: miedo, silencio y castigo. Crecimos con la duda de todo lo que las monjas llamaban pecado”.

29 Resistencias dentro de comunidades amazónicas

Cada cultura y nacionalidad ha vivido de manera distinta la experiencia del aborto. “En nuestro territorio casi no se hablaba de ello, y por eso fue tan duro empezar a organizarnos. En 2017, en el Foro Social Panamazónico (FOSPA), nos reunimos con brigadas médicas y feministas académicas, y allí nació el primer tribunal feminista. Ese espacio nos marca, porque desde nuestra visión del territorio afirmamos que el aborto es parte de la soberanía sobre nuestros cuerpos. También compartimos luchas, como la de Nankints contra el extractivismo, y desde entonces nuestra red de amistades y resistencias comenzó a crecer”.

“Llegar al pueblo Shuar Arutam fue un camino difícil: son seis asociaciones y 48 centros, donde muchas mujeres estaban inmersas sólo en la vida de pareja. La comunidad nos señalaba: si nos reuníamos era porque habíamos sido `abandonadas´ por los maridos. Algunos nos acusaban de andar en política partidista, cuando lo único que queríamos era compartir experiencias y unir fuerzas entre mujeres.

Sabíamos bien que los celos y el machismo pesaban en nuestra cultura: muchos hombres nos querían siempre con wawas en brazos, embarazadas y ocupadas, sin tiempo para nosotras. Pocos aceptaban que una mujer pudiera tomar decisiones sobre su cuerpo, sexualidad y decisiones informadas. Por eso fue tan significativo que, tras años de lucha, una compañera nuestra se convirtió en la primera presidenta de su pueblo: mujer sabia, sin hijos, que rompió ese cerco histórico milenario.

30 FEMINISMO Y MILITANCIA

31 Las feministas abortan y botan al marido

Nosotras partimos de reconocer prejuicios y avanzar por derechos. Así como tenemos derecho a alimentarnos, tenemos derecho a decidir sobre nuestra vida sexual y reproductiva. Es parte vital en esto hablar de sexualidad, derecho al placer, anticoncepción y aborto lo cual ha sido y es difícil porque nos calificaban de libertinas “por decir lo menos”. Nos cuestionaban: “¿y ustedes de dónde aprenden? ¿por qué se hacen un Papanicolau si no están casadas?”.

En los encuentros, incluso dentro de nuestras organizaciones, surgían dudas: ¿somos o no feministas? Algunas defendíamos un feminismo comunitario, enraizado en nuestros pueblos. Pero decirlo en voz alta era difícil, porque para muchos el feminismo estaba ligado a los prejuicios: que solo queremos abortar, dejar a los maridos, que no queremos wawas. En los debates recordamos cómo nos decían incluso nuestras compañeras: “ustedes con cinco wawas ya se quejan, nosotras con 12 no”.

A esa carga se sumaba la exigencia de aprender de todo: política, agroecología, organización. Era otra jornada, pero también un camino para defender lo nuestro desde dentro. Incluso en espacios religiosos, algunas compañeras logramos posicionar el tema abriéndolo en otras discusiones como “la desnutrición no se debía al número de hijos, sino a las condiciones de vida en que nos criábamos”.

32 Persecución

Hablar de aborto nos expuso a riesgos. Como mujeres dirigentes, nos enfrentamos no sólo a prejuicios, sino también a persecución directa. Una de nuestras compañeras de la sierra fue víctima de fuerte acoso por su activismo y por distribuir pastillas para aborto seguro. Ella hablaba con megáfonos en plazas, desafiando la censura, y por eso se convirtió en blanco de ataques.

A otras también nos señalaron. Corrió el rumor de que practicábamos abortos para cobrar dinero y eso servía para perseguirnos desde dentro de las comunidades. Decían que poníamos en riesgo a las mujeres, que queríamos hacer negocio con anticonceptivos. Incluso entre parteras sabias nos advertían: “ayudar sí, pero sólo en lo posible, sin exponerse demasiado”.

Sabíamos que la inseguridad era real. Muchas veces preferimos guardar silencio o recurrir a métodos que las mamas compartían sólo con personas de confianza. Aun así, seguimos hablando, seguimos acompañándonos. Repetíamos “aconsejamos vivir bien y no meterse en líos”, pero siempre recordando que el derecho a decidir era parte de nuestro camino personal y colectivo.

33 Retos económicos y materiales para la participación de las mujeres

Este tema fue y sigue siendo parte vital de nuestro proceso organizativo como movimiento. Los recursos financieros eran y son mínimos, cada compañera aporta lo posible. En cada zona llevábamos papas, legumbres, lo que había, y decíamos: “¡Con papas con sal estamos!”. Nos reíamos también mientras buscábamos maneras de sostener las actividades, preguntando incluso a las compañeras trabajadoras del sexo cómo hacían para conseguir dinero y así buscar diferentes formas para sostener nuestras organizaciones.

Nuestra dificultad con compañeras de varios pueblos y comunidades era y sigue siendo la distancia geográfica y la situación económica. Nuestros territorios están en varios cantones y aunque muchas mujeres querían participar las limitaciones económicas y las responsabilidades familiares lo hacían casi imposible. Por eso, agradecemos también a los compañeros, hijos e hijas que nos apoyan. Varios jóvenes venían y decían: “¡si mi madre no va, ¿de quién vamos a aprender?!”. Esa solidaridad fortalecía a Luna Creciente y nos permitía seguir adelante.

“Pocas mujeres en nuestra cultura podían participar libremente. Muchas tenían maridos tajantes que no les permitían salir o involucrarse en la comunidad. Luna Creciente nos ha dado espacios para aprender, formarnos y alzar nuestra voz, para que se nos escuche y se respete nuestro derecho a decidir”.

“La situación económica sigue siendo un obstáculo: algunas trabajamos con la palma, con la tierra, con el manglar, con la selva, en lavaderos, comedores, y a veces no podemos asistir a reuniones. La pandemia mostró aún más estas falencias, cuando muchas mujeres solteras o jefas de hogar quedaron en casa, sin ingresos. Por eso es tan importante preparar a la juventud, para que en el futuro puedan defender sus derechos y participar en política feminista. Debemos estar presentes para que no hablen por nosotras, sino con nosotras”.

34 Ahora ya nos hemos bañado en aceite y las críticas nos resbalan

La persecución hacia nosotras no viene solo de fuera, sino también desde dentro de las organizaciones. Nos atacan por hablar de aborto, salud sexual y derechos reproductivos, intentando debilitar nuestras dirigencias. Nos llaman “feminazis”, nos estigmatizan y nos señalan como radicales, incluso en nuestros círculos familiares y sociales.

Al principio dolía, porque la gente no entendía nuestro trabajo. Gracias al apoyo de nuestra familia y la organización, seguimos adelante. Aprendimos a explicar el proceso a amistades y compañeras, a mostrar por qué defendemos nuestros derechos, si bien esos comentarios se vuelven limitantes no nos detuvieron. Ahora, podemos decir que nos hemos bañado en aceite: las críticas resbalan, y seguimos firmes en nuestro camino, con la razón y los argumentos de nuestro lado.

35 ALIANZAS

A nivel nacional tenemos alianzas con la Coalición de Mujeres del Ecuador, que esperamos se mantenga, y con el Parlamento Plurinacional y Popular de Mujeres y Organizaciones Feministas, aunque este espacio a veces tambalea. También formamos parte de articulaciones regionales y globales como AFM, FLP, Mujeres FOSPA, ILC, y en otras en las a veces todavía somos especiales como organización de mujeres populares feministas.

Nuestras alianzas son diversas porque también lo son nuestras compañeras: indígenas, mestizas y negras, de diferentes edades. Por eso caminamos junto al movimiento indígena, con la CONAIE, y al movimiento afroecuatoriano, el Frente de Defensa de la Amazonía, el Frente Nacional Anti Minero, la Alianza contra las prisiones, Derechos Humanos.

En torno al aborto, hemos tenido espacios dentro de la misma Coalición y articulamos con fundaciones y colectivos. Estuvimos presentes en “Aborto por Violación” hasta lograr que se reconozca en la ley, aunque también dialogamos con el espacio de “Aborto Libre Total”. A nivel regional, integramos la Coalición Internacional de Tierras y Territorios de América Latina y el Caribe, donde participamos como mujeres defensoras de la Naturaleza. En 2018 impulsamos la Plataforma Feminista de Tierras y Territorios desde el Sur Global, que comenzó con ocho organizaciones y hoy ya suma diez, con la perspectiva de integrar más activamente a organizaciones feministas de África y Asia.

Otro espacio importante fue la Plataforma Nacional por los Derechos de las Mujeres, donde buscamos juntarnos para visibilizar el aborto por violación e hicimos propuestas en la agenda los derechos económicos, la soberanía alimentaria y la despenalización total del aborto. Fue un momento en que logramos sintonizar ampliamente con otras organizaciones.

36 Discutimos mucho con quién caminamos y con quién no

Creemos en la unidad, pero discutimos con quién caminar y con quién no. No se trata de sumarnos a todas las plataformas solo por aparecer en la foto junto a quienes deciden. “Tampoco cualquier mujer nos representa”. Preferimos confluir en ciertos ejes concretos, como la despenalización del aborto, la protección a dirigentes o la defensa de procesos organizativos. Sabemos que no podemos arriesgar años de trabajo por un malentendido o por imposiciones desde afuera.

La confluencia es necesaria, pero debe ser con organizaciones con pensamiento político claro. No sirve una coalición armada por dos o tres personas sin bases organizativas. Valoramos más las alianzas con quienes conocen y acompañan nuestras luchas y también trabajamos con feministas de trayectoria, siempre que haya confianza y coherencia.

La experiencia nos ha enseñado a diferenciar: hay alianzas que duran hasta cierto punto y otras que se sostienen mientras exista coherencia. Desconfiamos de los politiqueros que en época electoral dicen cualquier cosa, firman documentos y luego olvidan su palabra. Para nosotras la palabra es sagrada, como lo fue para nuestras abuelas, y la participación política no se reduce al voto

37 Dificultades para crear alianzas en igualdad y con respeto mutuo

Tenemos varias alianzas, pero no siempre son fáciles. Es complejo articularnos con organizaciones con más recursos, más acceso a medios y redes sociales, que terminan teniendo más voz que la de miles de compañeras empobrecidas.

Aun así, mantenemos confluencias importantes. “Coalición por el aborto” es un espacio donde están compañeras que han sostenido la lucha durante años y que respetamos porque también nos respetan. Lo mismo con el Parlamento Plurinacional de Mujeres, nacido del Parlamento de los Pueblos, a pesar de tensiones, sigue siendo relevante.

Cada organización aporta desde su diversidad: el movimiento indígena, el movimiento de mujeres negras, las comunidades rurales. Pero también enfrentamos desconfianza hacia la participación electoral, porque muchas veces esos espacios no ofrecen garantías reales. Aunque nos siguen invitando, notamos que algunas organizaciones nos quieren presentes pero calladas, o prefieren convocar a otras más dóciles para salir en la foto.

Por eso decimos que las alianzas no son simples. Caminamos juntas porque creemos que es la forma de avanzar, pero también sabemos que debemos protegernos. No nos cerramos, pero tampoco entregamos nuestra voz ni nuestra lucha a quien no respete nuestro proyecto político.

38 Otras luchas y el paro de 2019

En el paro de 2019 vimos claramente las diferencias entre organizaciones. Había compañeras que antes coincidían con nosotras en la despenalización del aborto, pero cuando llegó el paro se apartaron: “en eso sí estamos, pero en lo otro ya no”. Nosotras, en cambio, estuvimos como siempre en la primera línea: en las medidas de hecho, en los cortes de vías, cocinando y buscando alimentos para sostener la movilización.

Ellas tenían un manejo fuerte de redes sociales, publicaban constantemente lo que pasaba, mientras los cuerpos en las calles eran los nuestros, los de las compañeras de territorios. Ahí vimos con claridad que no todas las organizaciones asumen luchas integrales, sino que algunas se limitan a un fin específico. Nosotras creemos en otra cosa: en una lucha amplia, entretejida con todos los aspectos de la vida.

Las mayores luchas en Ecuador de los últimos años han sido impulsadas por el movimiento indígena, y en especial por las compañeras de Cotopaxi, que desde tiempos antiguos están en la primera línea. Hemos tenido compañeras que han llegado a parir en medio de manifestaciones, esa es una medida de hasta dónde llega nuestra entrega. “La salud sexual y reproductiva no es solo un discurso, es arriesgar la vida”.

“Recuerdo una marcha donde el aborto seguro era uno de los temas centrales, aunque no el único. Nosotras en Luna Creciente decidimos en consenso quién podía viajar a Quito porque nunca alcanzaba el presupuesto para llegar todas. Pero otra organización fue directamente a uno de nuestros territorios y ofreció pagar por la presencia de compañeras en la marcha, anunciando públicamente que Luna Creciente ya tenía lista su participación. Eso nos causó conflictos con dirigentes mixtos, rupturas internas, persecución. Son heridas que nos recuerdan que hay recelos y que las alianzas deben cuidarse mucho”.

“Valoramos y reconocemos que estas organizaciones tienen fuerza en redes, que pueden amplificar mensajes que nosotras mismas no alcanzamos a difundir. Lo agradecemos, lo creemos necesario. Pero no aceptamos que hablen en nombre de las demás mujeres, sobre todo cuando no viven en carne propia las mismas vulnerabilidades. Eso requiere cuidado, respeto y responsabilidad”.

39 Frustración y desconfianza con los políticos

También hemos aprendido a desconfiar de la política electoral. Hubo un asambleísta indígena que votó en contra de la despenalización del aborto por violación: la indignación fue enorme, porque aunque no era de nuestra parroquia, era indígena, y una espera otra postura.

Tampoco es garantía que una mujer llegue a un cargo de poder. Una exministra, mujer, fue la que mandó a reprimir y matar a nuestros hermanos. Hoy se habla mucho del 50/50 en representación, pero no basta con que la mitad de los asambleístas sean mujeres si no hay convicción, formación política y lealtad a las luchas. La paridad, sin conciencia y sin procesos organizativos, se vuelve un número vacío.

En nuestras provincias hemos tenido asambleístas mujeres de distintos partidos que, a la hora de votar, se pusieron en contra del movimiento de mujeres, a pesar de que sus discursos parecían decir lo contrario. Eso nos demuestra que la representación femenina, por sí sola, no cambia nada.

Lo que sí cambia es cuando llegan compañeras formadas en los procesos organizativos. Con ellas hemos podido hablar de frente, recibir alertas sobre presupuestos, defender juntas recursos. Ahí sí hay confianza. Pero no con cualquiera que se vista de feminista o diga representar a las mujeres.

“Las elecciones son como crecentadas: arrasan con años de construcción colectiva, con cultivos sembrados con paciencia”. Por eso seguimos insistiendo en la necesidad de escuelas de formación política feminista, de procesos profundos que afiancen la conciencia y los derechos. “No basta con que una mujer ocupe un cargo; lo que importa es de qué proceso viene y a qué luchas es fiel”.

40 UNA LUCHA INTEGRAL: CUERPO, TIERRA, TERRITORIO

41 No podemos dividir nuestras luchas. El aborto es parte integrante de todas las luchas

Nosotras no vemos las luchas separadas. Así como peleamos por tener tierra para sembrar y comida limpia para nuestras familias, también peleamos por decidir sobre nuestros cuerpos. En Luna Creciente no hablamos solo de maternidad, hablamos de la vida entera: de la niña, de la joven, de la adulta, de la anciana.

El aborto es una lucha, sí, pero junto a la defensa de los páramos, de los ríos, de la selva, de la organización contra la minería y la contaminación. Para nosotras todo eso es lo mismo: cuidar la vida. No podemos decir “primero esto y después lo otro”, porque lo que pasa en el cuerpo también pasa en la tierra y en los territorios. “Así nos enseñaron las abuelas: somos parte de la vida individual, colectiva, de la naturaleza”.

“Lo que nos ha sostenido como movimiento es esa coherencia. Porque sentimos en carne propia lo que falta: no hay tierra para sembrar, hay sequías, nos envenenan con químicos, los cultivos se pierden. Y aunque duela, seguimos de pie, porque sabemos que no se puede defender solo un pedazo de la vida”.

42 Claridad en las luchas: El derecho al aborto seguro es parte de nuestro proyecto político feminista

Nosotras tenemos claro nuestro camino. No hay lucha fácil, todas cuestan, pero todas valen. Y dentro de ellas, el aborto seguro es una de las más duras y más necesarias. Sabemos que tal vez no sea para nosotras, sino para nuestras hijas y nietas, pero igual seguimos, porque no vamos a dejar que sigan muriendo mujeres por no poder decidir.

El aborto, igual que la defensa del agua, de la tierra, de la salud, son luchas que caminan juntas. No podemos soltar una y quedarnos con la otra. Nosotras decimos siempre: la palabra y el hecho deben ser lo mismo. Y si decimos que luchamos por la vida, tenemos que luchar también para que ninguna mujer muera por un aborto inseguro.

Nuestro horizonte es cambiar este mundo, hacerlo más justo y digno. Y aunque no tengamos dinero, aunque nos persigan, seguimos. Porque no es un trabajo, es nuestra vida, nuestra historia, nuestro futuro. Así nos han enseñado: la lucha no se parte en pedazos, la lucha es una sola, como la tierra, como el cuerpo, como la comunidad.

43 Huellas que se dejan para las hijas y las nietas

Nosotras decimos que este camino no empezó hoy. “Una compañera desde jovencita ya se metió en estas cosas que antes parecían vulgares, porque hablar de sexo o del cuerpo era escondido, era prohibido. Varias de nuestras madres y abuelas repetían que la mujer debía ser esposa, madre, quedarse en la casa. Yo misma decía: la mujer estaba doblada el rabo, cuidando hijos, sirviendo la olla, y nada más. No había espacio para salir, para conversar, menos para reunirnos entre mujeres. Eso era impensado”.

“Hoy hay un poquito más de apertura, y es gracias a las que caminaron antes. Ahora yo puedo hablar con mi hija de 16 años con más libertad, incluso con mis hijos varones. Antes no era así, nuestras mamás no conversaban de estas cosas, nos criamos calladas, con vergüenza. Si algo nos pasaba, lo guardábamos en el corazón, ni siquiera a la pareja se podía decir”.

“Sentimos que nos toca seguir el camino que ellas abrieron. Nosotras estamos aquí porque otras levantaron primero la voz. Aunque haya dificultades, el reto es seguir unidas, que no se nos caiga el movimiento. Porque si una se va, parece que decae todo. Tenemos que empujar juntas, abrir camino para las que vienen. Como decimos, la Clarita no va a estar toda la vida, entonces otras deberán tomar la posta, seguir con su nombre y con el nombre de todas las que ya entregaron su fuerza”.

“Yo misma nunca pensé estar en estos encuentros de mujeres. Era tímida, callada en mi comunidad, y ahora represento a mi pueblo, a mi asociación. Eso nos da fuerza: formarnos como lideresas para defender derechos, no solo nuestros sino de nuestros hijos e hijas, y también de la tierra donde nacimos. Porque sin territorio no hay vida, y las empresas transnacionales nos quieren dejar sin nada. Estar juntas es una forma de defensa, es también decir que no estamos solas”.

¡Compañeras el futuro es nuestro y el presente es la resistencia!