JOURNAL OF COMMUNITY SYSTEMS FOR HEALTH
2026, VOL. 3
https://doi.org/10.36368/jcsh.v3i2.1348
CONVERSACIONES CON
We are a FAIR open access journal

Viva y rebelde: la historia de una activista feminista

Beatriz1*

1: Warmi Ñawi, Ecuador

*Corresponding author: beatrizjuarez946@gmail.com

Recibido 26 enero 2026; Aceptado 1 marzo 2026; Publicado 8 marzo 2026


Nos encontramos en un restaurante dentro de un centro comercial ubicado en el actual corazón financiero de la ciudad. El valle de la meseta resultaba ser un lugar central para las tres. Nuestro punto de encuentro está a medio camino del Pichincha, donde vive Victoria y la Loma de Puengasí, nuestro lugar de trabajo. Llega con retraso lo que nos da el tiempo para encontrar el lugar idóneo para grabarla. Al llegar el espacio se llena con su presencia. Su sonrisa marcada con sus hoyuelos da pauta del tono en la conversa. Cuando se dejan entrever y se profundizan el registro es alegre, cuando desaparecen sus ojos se mojan y la narración transita por lugares de profundo dolor. Victoria es generosa en la palabra y abre su corazón y su historia. Parece que necesita hablar de aquello que durante años permaneció callado. Nos conmovemos profundamente y dejamos que, aquello que parece un torrente, fluya.

1 TREINTA AÑOS DE LUCHA, ACOMPAÑAMIENTO Y RESISTENCIA POR EL DERECHO A DECIDIR Y LA LIBERTAD DE LAS MUJERES

Tengo 53 años. Me considero una mujer del pueblo. Soy feminista y activista, y acompaño a otras mujeres en sus procesos. Durante mucho tiempo permanecí callada. Hoy siento la necesidad de hablar, de abrir mi corazón y mi historia. Hay recuerdos que me hacen sonreír y otros que todavía me hacen llorar, pero todos forman parte de lo que soy y de lo que me trajo hasta aquí.

2 Acompañar, formar y luchar

En Warmi Ñawi, la organización en la que participamos, realizamos tres acciones fundamentales: acompañar, formar y luchar. Acompañamos a mujeres víctimas de violencia de género y de violencia sexual. Somos un equipo que da apoyo psicológico y legal, y también defendemos a quienes han optado por el aborto y han sido criminalizados. La mayoría de los casos que llegan son denuncias de violencia sexual contra niñas.

Nuestro proceso se llama primeros auxilios legales. Es la puerta de entrada para detectar a quienes han vivido violencia sexual y para informarles sobre sus derechos, incluido el aborto. Tenemos diez teléfonos y turnos para responder. Primero están las compañeras que reciben la llamada y detectan la necesidad; luego derivamos según el caso: al equipo legal, al de flagrancia, al de infancia y adolescencia, o al equipo de apoyo psicológico. Cuando no es flagrancia, igual tratamos de atender en las primeras 24 horas.

Cuando recibimos un caso levantamos una ficha básica y siempre preguntamos qué necesita la persona en ese momento. No imponemos lo que nosotras creemos, sino que informamos sobre todas las opciones. Si deciden denunciar, les acompañamos presencial o virtualmente. Nuestro trabajo termina cuando se entregan medidas de protección y el caso pasa a la Fiscalía. Cuando se trata de un aborto, asesoramos en el procedimiento legal y articulamos con “Las Sororas” (nombre ficticio). Desde que el aborto en caso de violación fue despenalizado, este acompañamiento se volvió fundamental para que el derecho sea real.

El nombre de Warmi Ñawi ya pesa en el sistema de justicia. De cada diez mujeres que nos llaman, nueve logran medidas administrativas y varias obtienen sentencias. Hemos tejido alianzas con bufetes y universidades para sostener esta labor. También apoyamos a mujeres que no pueden pagar un aborto. Creemos que no debe ser un derecho elitista, sino libre, gratuito y accesible para todos. Para eso trabajamos con “Las Sororas”, que informan sobre el uso de pastillas y orientan dónde conseguirlas. Cuando una niña o joven no puede pagarlas, hacemos vaca (recolección comunitaria de dinero) entre nosotras, usamos chats de apoyo y conseguimos los recursos.

Otra línea de trabajo son las alianzas con servicios de salud y colectivos. Muchas veces nos enteramos de la violación de una niña en un hospital y desde ahí gestionamos el acceso al aborto. Poco a poco hemos llevado este trabajo hasta los centros de salud, donde ya saben que pueden llamarnos a nosotras o a Las Sororas.

La formación fue clave para mí. Fueron dos años intensos. Aprendimos a acompañar, a sensibilizarnos, a escuchar lo que la mujer quiere sin imponer lo que nosotras pensamos. Preguntar algo tan simple y tan radical como: ¿Quieres denunciar? ¿Quieres medidas? ¿Quieres abortar? ¿Quieres que solo te escuche? Esa formación me dio herramientas que hoy me sostienen en cada acompañamiento.

Llegué a través de una convocatoria pública. No pedían títulos ni credenciales, solo querer. Así entramos treinta. En junio cumplimos un año de acompañamientos, y en diciembre ya se graduó una segunda promoción: más diversa, con más mujeres adultas, migrantes, con diferentes niveles académicos, incluso compañeras LGBTIQ+. Para mí ese es el mayor éxito: abrir la puerta a todas las que quieran.

Nuestra lucha es por un aborto libre, seguro y gratuito. Nuestra directora presentó un proyecto de ley en esos términos y llegó hasta la Asamblea. La Corte Constitucional ya falló un favor en casos de violación, lo que es un avance, pero todavía falta. Para mí no es justicia que tengamos derecho solo si demostramos que fuimos violadas. Es como si nos dijeran: si disfrutaste, ahora te aguantas. La verdadera justicia llegará cuando tengamos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, sin tener que probar nada.

Sé que algunos analistas dicen que no ganamos nada, pero yo digo lo contrario: ya logramos que el aborto por violación sea un derecho reconocido. Es un paso, y cada paso cuenta. El reto sigue siendo que el aborto sea libre, seguro y gratuito, sin causales. Ese es el horizonte que guía mi lucha y la de tantas otras.

3 Cuando todas somos rebeldes: movilización en las calles.

He tenido el gusto y el honor de estar en estas manifestaciones con mi hija, con mi pequeña. Para mí es una forma de devolver la lucha a otras personas y no quedarme cruzada de brazos.

Nuestra organización viene muchos años trabajando por los derechos de las mujeres y se ha abanderado en esta causa, logrando impacto porque hemos estado ahí, paradas con la bandera verde.

Lo que más genera impacto es la visibilización del movimiento. Hacemos ruedas de prensa, marchas, plantones, difusión en redes sociales. Todo se despliega especialmente el 26 de septiembre, el día por la despenalización del aborto. Ese día nos articulamos también con toda América Latina y afirmamos que decidir sobre nuestro cuerpo es una opción de vida.

Parte de nuestra lucha ha sido también empoderar a las mujeres criminalizadas por el aborto, acompañarlas y lograr que salgan libres. Recuerdo el 2019, cuando llegamos a la Asamblea y no nos querían dejar entrar. Íbamos con nuestra tinta verde, atentas a lo que ocurría adentro. Éramos pocas, de distintas organizaciones, pero logramos ingresar. Para mí ha sido un privilegio estar en esas luchas.

También tuve la oportunidad de estar en el último Congreso Feminista, como ponente, presentando nuestro proyecto de formación y acompañamiento. Y nuestra experiencia se publicó en una revista. La vida ha sido buena conmigo: me ha premiado con la oportunidad de estar en estos espacios, de alzar la voz y de compartir lo que hacemos.

4 Entre abogadas, voluntarias y mujeres atendidas

En la organización tenemos dos tipos de participantes: las profesionales pagadas y quienes hacemos voluntariado. Las abogadas se encargan del asesoramiento legal, porque obviamente ese trabajo debe ser remunerado. Ellas atienden los casos más graves y prolongados, con tarifas preferenciales cuando la mujer lo requiere. Son penalistas, académicas muy preparadas, siempre al día, y llevan los procesos legales al frente.

Nosotras, las voluntarias, nos acompañamos y nos asesoramos hasta cierto punto. Ayudamos a conseguir medidas administrativas, acompañamos en las marchas y estamos respaldadas por las abogadas. Nos llamamos “las de a pie”: llevamos la bandera verde, somos las bases que luchamos, peleamos, lanzamos piedras, cantamos, gritamos. Somos esa parte bonita de la movilización.

Entre las voluntarias hay de todo: cinco mujeres mayores y muchas jovencitas. Algunas son abogadas, otras psicólogas, otras están estudiando, amas de casa o trabajadoras en el tribunal electoral. Somos diversas.

Las mujeres que atendemos también son diversas. Pero hemos visto que nos falta llegar más al pueblo. Muchas no usan Instagram o Twitter, que son redes más elitistas. La mayoría se mueve en WhatsApp, y es ahí donde realmente podemos llegar. Por eso siento que hasta ahora el perfil que más atendemos es de clase media para arriba. El reto que tenemos es democratizar la información, para que la palabra y los derechos, lleguen también a las mujeres de abajo.

5 Vender los pañuelos verdes para generar recursos

Muchas veces la única forma de generar recursos para nuestra movilización ha sido vender los pañuelos verdes. En las marchas los ofrecemos o gestionamos donaciones para las víctimas de violencia.

La organización también recibe apoyo de organismos internacionales, a través de proyectos y consultorías financiadas desde el exterior. Hay donantes nacionales que nos han permitido, por ejemplo, contar con los teléfonos que son nuestra herramienta clave para acompañar.

En algún momento tuvimos un proyecto de huertos, que era más bien un pretexto para hablar de derechos: los económicos, los de las mujeres, el derecho a una vida digna.

En otros espacios feministas donde también participo y he liderado, las mujeres hemos creado otras estrategias para sostenernos. Nos apoyamos en pequeños emprendimientos, aprendemos a hacer repostería, jabones, desinfectantes, chocolates. Todo lo que sirva para resistir y, al mismo tiempo, mantener viva la causa.

6 LAS EXPERIENCIAS NOS HACEN FEMINISTAS

Las mujeres tenemos que reclamar nuestros derechos, aquí en el Ecuador. A veces a piedrazos, a gritos, incluso quitándonos la ropa. Nos ha tocado visibilizar, protestar, y hasta volvernos en contra de nuestra propia feminidad para que, por fin, alguien nos escuche. Las mujeres tenemos que rebelarnos.

7 De sobreviviente a acompañante

Mi llegada a la organización fue un pedido de auxilio. Un día vi en Facebook que estaban ofreciendo un proceso de formación para acompañar víctimas de violencia sexual. Yo no quería quedarme fuera. Escribí y llamé una y otra vez. Con la insistencia de quien sabe que necesita estar ahí.

Yo acompañaba a mujeres víctimas de violencia intrafamiliar, pero nunca había trabajado con sobrevivientes de violencia sexual. Precisamente por eso me interesaba: porque mi hija y yo también lo habíamos vivido. Yo buscaba justicia para ella y también para mí.

Hablar de esto todavía me remueve, pero ahora lo puedo contar: mi papá me violaba desde los quince años. De esos abusos tuve dos embarazos. Yo no aborté, me hicieron abortar, dos veces. La primera vez sentí el infierno. Fue en un consultorio médico, me pusieron una inyección, no supe qué me hacían. La segunda vez fue peor, en un consultorio espantoso, aún recuerdo los sonidos. Mi papá fue quien me llevó, porque era su hijo. Y mi mamá… mi mamá me juzgaba, pensaba que era porque yo “andaba por ahí”. Ella no sabía la verdad.

Recién se enteró cuando yo tenía veintiocho años. Yo vivía enojada con ella, pensando: ¿cómo no se dio cuenta? Esa pregunta me atormentaba. Pero entendí que ella tenía también sus propias cegueras. Desde entonces lo único que quise fue proteger a mis hijas, cuidarlas para que nunca repitieran mi historia.

Por eso hablo, por eso digo. Si yo hubiera tenido la oportunidad de decidir, sí, habría elegido abortar. No era justo que me obligaran a cargar con esa violencia. Mi mamá se oponía, decía que yo tenía que dar a luz. Pero yo sabía que merecía otra posibilidad.

Cuando apareció la convocatoria de la organización, sentí que ahí podía encontrar un camino. Yo sabía lo que era acompañar: durante años llevé de la mano a mujeres que ponían denuncias por violencia de género. Conozco ese proceso de la “pe a la pa”, y sé que a veces una mujer no necesita un abogado: necesita una mano que la sostenga.

Curiosamente, mi acercamiento al feminismo fue gracias a mi mamá. Ella trabajaba en el Instituto Ecuatoriano de Obras Sanitarias y allí conoció a una mensajera, Pamela García, que la llevó a una capacitación en la Asamblea. Esa amistad fue sembrando en ellas nuevas ideas, y poco a poco comenzó a compartirlas conmigo. Lo que yo soy ahora es en parte “culpa” de la amiga de mi madre.

Así, casi por casualidad, el feminismo es parte de mi vida. ¿Cómo no iba a estar atenta y luchar por una ley que me permita a mí, y que les permita a mis hijas, denunciar? Han pasado ya veinticinco desde entonces. Veinticinco años de movimiento, de lucha, de promoción de derechos. Al final son las experiencias, las heridas y las resistencias las que nos hacen feministas.

8 Lo que ahora llamamos feminismo antes lo llamábamos comunidad

Participé en muchas marchas. No solamente feministas: también estuve presente en el levantamiento indígena. Fui a dar de comer a las personas que luchaba. Ese es nuestro aporte.

El proceso de las marchas, de verdad, se siente como comunidad. No importa de qué color seas, ni qué pañuelo te pongas. Aquí nos identificamos con los pañuelos: verdes, morados, naranjas, cada uno con su causa. Menos los azules, claro, los provida (risas).

Pero también hay luchas que nacen los barrios, en los lugares donde vivimos. Cuando llegué al mío, hace treinta y dos años, no había agua, no había luz, no había carreteras ni transporte. Ningún servicio. Me empeciné en quedarme allí, porque quería construir un lugar para mis hijas.

Recuerdo que un día fui a hablar con un señor que traía el agua con un tanquero desde cinco o seis cuadras. Le pedí que la acercara un poco más. Me respondió: “¿Quiere que le deje agua? Abra camino hasta su casa”. Yo le dije: “¿Cómo abro yo un camino hasta mi casa?”. Me mando al municipio. Fui sola, con mis wawas, y dejé la solicitud. Yo necesitaba agua para cocinar para mis hijas y para mi familia. Al tiempo, desde la terraza de una vecina, vi acercarme a unas máquinas. “¡Ya vino la maquinaria!”, gritó. Bajamos corriendo. El señor me dijo: “Me imagino, porque no hay nadie más”. Y ahí estuvimos todo el día: con tractor, pala, cargando agua, cocinando… el 99% éramos mujeres.

Cocinamos y ayudamos a cargar el agua. Todo para que nos den la carretera. A la tarde llegó un ingeniero y le dijo al maquinista que no era ese el sitio donde tenía que trabajar (risas). Abrieron la vía y permitieron que el agua se entregue más cerca. Los vecinos, las vecinas estaban contentos, ¡felices!

Finalmente, abrió la vía y el agua empezó a llegar más cerca. La alegría de las vecinas era inmensa. Y así fue también con la luz eléctrica: nos dijeron que, si queríamos postes, tendríamos que traerlos del bosque. Mujeres, entre árboles y ramas, buscando ayuda de los hombres para mover los postes. Lo logramos: tuvimos luz.

Hoy tenemos un barrio organizado, con agua, luz y alcantarillado. Pero hay algo que hemos perdido: antes éramos más solidarias. Si yo no tenía agua, la vecina me la regalaba. Si alguien se enfermaba, todas íbamos a ayudar. Ahora construimos muros y dejamos de ser como éramos. Ganamos en infraestructura, pero perdimos en lo humano y lo comunitario.

Esto es lo que yo llamo feminismo comunitario. Hoy le llaman feminismo; antes simplemente era comunidad. Yo no sabía que era feminista, no conocía el nombre… hasta que un día lo encontré y entendí que todo este trabajo y toda esta lucha, toda esta vida, era feminismo.

9 CONTEXTOS DIFÍCILES

10 Entre la criminalización del aborto y los preceptos culturales

Durante algunos años, tuvimos que vivir la criminalización del aborto. Las mujeres llegaban a los centros de salud en medio de un aborto y, ‘‘en su increíble sabiduría’’, el médico, les decía que no era un aborto espontáneo… y llamaba a la policía. Antes incluso de atenderlas, ya enfrentaban un proceso judicial que podía llevarlas a la cárcel.

El enfoque se dio precisamente Fue justamente ante la falta de abogados y abogadas con enfoque de género que surgió el trabajo de mi organización. Esas mujeres necesitaban alguien que las entendiera, que no las juzgara, que las acompañara en medio de la angustia. En el Ecuador, todavía falta mucho para que el sistema de justicia incorpore un enfoque de género real.

Ahora que el aborto está legalizado en algunos causales, persiste la objeción de conciencia. Un médico puede decir: “No te atiendo, porque va contra mis creencias, contra mi religión”. Esto sucede incluso cuando juró proteger tu vida.

Los preceptos culturales siguen siendo otra barrera. son una limitación para la realización de abortos acorde a las causales estipuladas en la normativa. En las comunidades indígenas de la Amazonía hay más apertura que en la Sierra. Allí, al denunciar es más posible y algunas mujeres han podido acceder al aborto bajo la ley. En cambio, la influencia de la religión hace que, en muchas partes, el embarazo se vea como una “bendición de Dios” y la sociedad encubra la violación.

La realidad es que, aunque haya reglamentos, no se aplican. Los médicos demoran la atención, y si la mujer pasa de las doce semanas, ya no se puede realizar el aborto. Todo depende de la voluntad política… y ningún presidente está dispuesto a “echarse ese muerto encima”.

11 Nos dieron la espalda: disputas legislativas

Ante tantas limitaciones, nos armamos de valor y buscamos reformas. Hicimos abogacía política. Conversamos con legisladores, generamos alianzas. Teníamos la esperanza de que algunas mujeres nos respaldaran. Pero el día de la votación, esas mismas que habían prometido apoyo… no estuvieron. Su ausencia dolió.

El movimiento indígena también nos dio la espalda. Tenían una representación enorme, y aun así nos dijeron de frente: “No estamos de acuerdo, ni tampoco en desacuerdo”. Y al momento de votar, simplemente no estuvo. Esa postura “neutral” responde a que dentro del movimiento hay fracciones evangélicas. Claro que hay compañeras que sí nos apoyan, que hablan de derechos de las mujeres, pero no tienen fuerza. El machismo sigue pesando dentro de los movimientos, sobre todo en la Sierra.

12 ¡Hasta agua bendita nos echaron!

Hoy los grupos antiderechos siguen siendo muy radicales. Durante el gobierno de Lasso tomaron más fuerza. Para nosotras, las mujeres que luchamos por el derecho al aborto, siempre hay un estigma, nos ven como pecadoras, como enemigas. La influencia de la iglesia se siente en todos los rincones: para posesionarte tienes que jurar ante la Biblia, para cualquier acto oficial tiene que estar el clero. La primera dama, del Opus Dei, fue un respaldo directo a esos grupos. Y detrás de ello hay dinero, mucho dinero: recursos de Caritas, de la Conferencia Episcopal, de fundaciones y sectas como la Juan 23, que llegan sobre todo a las clases bajas.

Debe haber una división entre el estado y la iglesia. Pero en algunos actos oficiales el clero está metido ahí.

Fue muy decidor que durante el paro indígena la Universidad Católica no abrió las puertas a las mujeres provenientes de comunidades que estaban con sus wawas (hijos). Esto igualmente se dio durante el gobierno de Lasso, pero en el paro anterior sí apoyaron. Esto da cuenta del poder económico que hay detrás de estos grupos religiosos antiderechos, y cómo toman fuerza dentro de los poderes eclesiales.

Mientras tanto, llevo en el activismo 30 años, y nunca he recibido un centavo. Ellos en cambio, sí reciben fondos. Han llegado incluso a inventar que las organizaciones feministas recibimos fondos internacionales por “vender fetos”. A ese nivel de mentiras nos enfrentamos.

Recuerdo muy bien, el 26 de septiembre de 2022. Éramos un grupo de verdes y en frente los antiderechos con cruces e imágenes de la virgen de Guadalupe. Nos lanzaron agua bendita como si fuera un exorcismo. Claro, es su derecho, pero la violencia simbólica pesa y duele.

13 Violencias y riesgos de las organizaciones que trabajan con aborto

Trabajar en este tema implica riesgo. Sabemos que nos exponen a violencias y a denuncias. Por eso hemos aprendido a cuidarnos.

Entre compañeras nos llamamos “las Sororas”. Cambiamos de número de teléfono con frecuencia, porque siempre existe la posibilidad de que alguien nos denuncie, o de que la familia de alguna joven nos responsabilice, que alguien diga “mi mamá me encontró el número de ustedes. Ahora me responden por lo que pasó. Por lo que le puede pasar.”

En la formación hemos aprendido que no podemos dar nuestro número personal. También hemos cambiado la forma de encontrarnos con las mujeres: ya no aceptamos entrevistas a ciegas ni en lugares cerrados, siempre en espacios abiertos y, de ser posible, en pareja.

Al principio no lo veíamos. Creíamos que con la urgencia de la causa bastaba con llegar y estar. No sabíamos que nos pondríamos en riesgo. Gracias a las charlas de autocuidado, poco a poco hemos aprendido a vernos, a protegernos, a sostenernos entre nosotras. Porque nuestra lucha es por la vida y por los derechos, pero también por sobrevivir en medio de tanta hostilidad.

14 FEMINISTAS: ALIANZAS Y QUIEBRES

15 Fricciones internas entre organizaciones feministas ‘viejas’ y ‘jóvenes’

Tenemos que ser sinceras: no podemos idealizar el movimiento feminista. Nos hemos visto divididas, quebrantadas. Tal vez por el posicionamiento de las feministas de antaño. Desde mi punto de vista, algunas tienen un dejo de superioridad: “¿quién eres vos que recién te apareces para venir a querer posicionarte?”. Y eso provoca situaciones muy fuertes.

Pero cuándo nos llaman a una causa, todo eso queda de lado. Dejamos de lado las fricciones y nos centramos en lo que importa. Por ejemplo, en 2023, con el tema de la paridad, organizaciones que normalmente estábamos separadas nos unimos. Dejamos a un lado las diferencias para enfocarnos en lo que nos corresponde.

Obviamente, el movimiento feminista tiene muchas divisiones: están las cis, las trans, las anarquistas…No siempre coincidimos en ideologías, pero tenemos un fin común. Esa diversidad es parte del éxito. Sí, a veces las chicas jóvenes tomando posición hacen que las mayores se sientan invadidas, pero es parte del crecimiento. Ahora no son solo las niñas bien de la universidad: todas podemos entrar, todas podemos luchar juntas.

En cuanto al aborto, sorprendentemente, no genera tantas fricciones como otros temas. Las disputas más fuertes han sido sobre cuestiones sexo-genéricas o movimientos exclusivamente de lesbianas. Pero sobre el aborto, hay un apoyo más real, aunque no siempre frontal.

Uno de los puntos de fricción, ha sido el tiempo el tiempo permitido para abortar: 12, 16, 20 semanas. Estas discusiones pasan dentro de la Asamblea, en las mesas de trabajo internas, pero por fuera debemos mostrar unidad. Nosotras no nos metemos con el resto, mientras no se metan con nosotras. ¡Apoyemos! Lo que se viene aquí es un apoyo.

16 La lucha por el aborto: el aborto es elitista, pero la lucha es para las de abajo

Todas quienes formamos parte del movimiento feminista, estamos enfocadas en que el aborto sea libre, gratuito y legal, para todas. Porque en la práctica, el aborto se vuelve una cuestión elitista. Quien puede pagarse un aborto, no necesita la ley. La que más necesita la ley es la niña violada, la mujer violada, la mujer pobre que no puede pagar 500 dólares en una clínica.

En las comunidades, la educación sexual es escasa. Nadie habla de la posibilidad de un aborto. Históricamente, han sido las clases altas quienes han abordado el tema. Por eso, en el feminismo comunitario, el aborto no se discute: la protesta tiene más que ver con rebeldía.

Esta lucha no es solo para las chicas de clase alta: es para las de abajo. Para que una mamá con cinco hijos pueda ir a un centro de salud y, si decide abortar, no la criminalicen. Para que nadie tenga que arriesgarse ni ser juzgada.

Si una wawa de La Colmena sale con un pañuelo verde, muchos la miran como drogadicta, facinerosa, sin principios. Pero si una wawa de la González Suárez sale con el mismo pañuelo, entonces es vista como progre, como “el futuro”. Yo veo a las niñas de La Colmena marchando con las de la González Suárez. Todas gritan, todas protestan, todas se enfrentan a la policía. Algunas luchan por hambre, otras luchan por rebeldía, pero todas luchan por derechos: a no casarse, a abortar…

17 La lucha por el aborto es la lucha de gente joven

En el movimiento por un aborto libre, legal y gratuito, hay una brecha generacional. La lucha la llevan principalmente las chicas jóvenes. Ellas pelean, marchan, toman riesgos. Su esfuerzo también beneficia a quienes fuimos criminalizadas. A quienes tenemos la ley, pero no la justicia.

¿Cuántas amigas habrán pasado por lo mismo? A veces tuvieron que registrar hijos de violadores como si fueran hermanos. Todas esas situaciones, esas injusticias, se han transformado gracias al trabajo de estas nuevas generaciones. Pero siempre a costa del llanto y el sacrificio de quienes quedamos atrás, de quienes caminamos por años mucho buscando los derechos de todas las mujeres.

18 El rol de la academia

Creo que la academia tiene un papel fundamental: crear conciencia, difundir, investigar y dar herramientas a quienes se están formando en las universidades. Para que ellas y ellos sean portadores de este conocimiento, de esta esperanza, de esta fe. Para mí la academia debería ser un espacio que nos ayude a soñar con una vida libre. Sólo queremos vivir libres: formar, informar, difundir, acompañar hacia esa libertad.

19 La lucha para mis hijas y mis nietas

Quiero que mis hijas y mis nietas puedan decidir sobre su cuerpo. Que sepan lo que quieren y lo puedan hacer con toda la libertad. Ese es mi reto. Que vivan sin estigmas, sin etiquetas, que disfruten su sexualidad sin que eso las convierta en “promiscuas”, ni en “prostitutas”. Que simplemente sean personas.

Como toda lucha, algunas quedamos atrás, otras seguimos y otras tomarán el relevo. Algún día lograrán que hoy estamos conquistando. Igual que cuando pensábamos que lograr el divorcio, denunciar al marido o reclamar una pensión era casi imposible…hoy es un poco más fácil. Algún día otras hijas y nietas se sentarán aquí y dirán: “¡lo logramos! Y no por eso iremos al infierno, por supuesto.

Es importante saber que quienes hemos sido parte de este cambio hemos dejado mucho: nuestra vida, tiempo, esfuerzo. Todo para que nuestras hijas, nuestras nietas, la vecina, tengan derechos que ni mi abuela, ni mi mamá, ni yo tuvimos. Ese compromiso nos llevó a estar en las calles, a gritar, a luchar.

El mayor premio en mi vida ha sido escuchar a mis hijos decirme: “madre estoy orgulloso de usted”, o a mi hija decir: “madre yo algún día voy a ser como usted”. Esa es mi recompensa. Yo me divorcié para tener una vida mejor y al final, creo que lo conseguí.