2026, VOL. 3
https://doi.org/10.36368/jcsh.v3i2.1347
CONVERSACIONES CON
Acompañar la vida: Testimonio de una Kullaka
Bruja Rebelde1*
1: Red de acompañantes ‘Kullakas ILE’, Bolivia
Recibido 26 enero 2026; Aceptado 25 febrero 2026; Publicado 8 marzo 2026
En un rincón de la vida, donde las sombras del machismo aún pesaban, Gladys emergió como una luz de esperanza. Fundadora de “Kullakas ILE”, un grupo de mujeres valientes que se unieron bajo el dato de que “todos los días las mujeres abortan”, su historia es una oda a la sororidad y la resiliencia. Kullakas, que en aymara significa “hermanas”. No solo es un nombre; es un refugio, un espacio donde las mujeres se encuentran para compartir sus luchas y decidir sobre sus cuerpos sin miedo, ni vergüenza.
Con la fuerza que le otorga su propia experiencia, Gladys guía a sus compañeras en la búsqueda de la autonomía reproductiva, desafiando los estigmas que a menudo silencian sus voces. En este grupo, cada historia es escuchada, cada lágrima compartida, y cada decisión es validada. Kullakas ILE se erige, así como un faro en la oscuridad, un llamado a la libertad donde las mujeres pueden abrazar su derecho a decidir y construir juntas un futuro en el que ya no haya que enfrentarse solas a la realidad del aborto. Esta es su historia.
1 No podía creer que alguien decida sobre tu cuerpo
Comencé a trabajar en el tema de los derechos de las mujeres alrededor de mis 18 años, al terminar el bachillerato. Los recursos económicos de mis padres eran limitados, y al finalizar el colegio, cada hijo o hija debía “buscarse la vida”. En ese tiempo, la cooperación estadounidense, a través de USAID, entregaba alimentos a cambio de trabajo. Entonces, una amiga me sugirió: “¿Por qué no alfabetizas a las mujeres? Te pagarán con alimentos”.
Nadie quería ir a El Alto; era un lugar despoblado y con muchas carencias. Sin embargo, había grupos de mujeres que realizaban acción comunitaria. Yo me animé y comencé a dar clases de alfabetización allí. En esos primeros encuentros con las mujeres, empecé a notar muchos problemas, como la violencia y los embarazos no deseados. Me preguntaban, por ejemplo: “¿Cómo puedo evitar embarazarme tan seguido?”. Al buscar información para orientarlas, llegué al CIES, una ONG que trabaja en temas de salud sexual y reproductiva en el país.
En CIES conocí a María del Rosario Calderón, una activista comprometida con la salud sexual y reproductiva. Ella me vio muy joven y me preguntó: “¿Quién eres?”. Después de explicarle, me indicó que debía formarme como promotora en planificación familiar y dar clases sobre este tema. Marichuza, como la llamábamos cariñosamente, se convirtió en mi maestra.
En las primeras clases, conversaba con las señoras sobre cómo funciona el cuerpo, qué son los métodos anticonceptivos, qué es el óvulo, cómo se coloca una T de cobre o un preservativo, entre otros temas. Ellas se sentían muy avergonzadas, se cubrían la cara, se reían tímidamente y me decían: “Señorita, ¿cómo nos vas a mostrar eso?”
Era voluntaria, no tenía sueldo, y vendía preservativos o asesoraba sobre el uso de métodos anticonceptivos; la mitad de ese costo era para mí y la otra para la institución. Trabajé así durante dos años, y en ese tiempo empezaron a hacerse visibles otros tipos de violencia: “me pega”, “no me deja cuidarme ni usar métodos”, “me obliga”. Además de mi trabajo, debía hablar con los esposos, ya que ellos debían dar la “autorización” para usar anticonceptivos. No podía creer que alguien decidiera sobre su cuerpo. En tres ocasiones, ante el miedo y la desesperación de algunas mujeres, firmé las autorizaciones. Recuerdo bien esos casos: la esposa de un minero, otra mujer que ya tenía ocho hijos, y una muchacha muy joven que ya tenía seis niños.
En ese tiempo, conocí a otras grandes luchadoras por los derechos sexuales y reproductivos, Bertha Pooley y Sandra Aliaga, que me invitaron a una charla sobre el derecho de las mujeres a vivir sin violencia. Por supuesto, no existían las Defensorías ni los SLIM (Servicios Legales Integrales Municipales que reciben denuncias de violencia). Me interesó mucho y allí conocí a varias feministas. ¡Me encantó! Me identifiqué profundamente con su trabajo y empecé a encontrar respuestas a muchas de mis preguntas, así como a pensar en formas de ayudar a las mujeres.
Luego, en 1995, conocí el CIDEM (Centro Integral de la Mujer). Estaba en mi segundo año de la carrera de derecho y allí trabajé varios años como asistente legal. Aprendí mucho sobre el tema de la violencia y sus diferentes tipos, incluida la violencia sexual. Las mujeres sentían un gran temor y vergüenza al hablar de su sexualidad, usando métodos anticonceptivos a escondidas, con miedo, como si fueran ladronas o como si cometieran un pecado.
2 Todos los días las mujeres abortan
En casa no hablaba de estos temas; mi papá era un hombre machista, no conocía exactamente los temas sobre los que yo trabajaba ni veía mis materiales de capacitación sobre órganos sexuales, métodos anticonceptivos, etc. Solo me decía: “Pasas mucho tiempo en la calle”. Un día vio este material, se enojó mucho y me insultó. Le pidió a mi madre, que era sumisa, que me lleve al médico, porque seguro yo “ya conocía hombre”.
En ese momento tenía 19 o 20 años, me sentí muy asustada y humillada. Mi mamá me llevó al médico, y este le dijo que yo todavía no había tenido relaciones coitales, “que era virgen”, y que más bien ellos como padres deberían sentirse orgullosos de que yo concientizara sobre el uso de métodos anticonceptivos y temas de sexualidad y reproducción sin violencia. Recuerdo que le dijo: “¿Cuántos hijos tienes, doña Rosita?” “Ocho”. “¿Y vos querías tener ocho hijos?” “No”. “¿Cuántos hijos querías tener?” “Tres”. “Entonces deberías estar orgullosa de que tu hija enseñe a otras mujeres a no llenarse de hijos y que trabaje en estos temas sin que eso signifique que se prostituya; conocer sobre métodos hace que sea menos probable que atraviese un embarazo que no desea”.
Creo que fui la más rebelde de mi casa, porque si mi papá decía no, yo decía sí. Esa rebeldía me llevó a salir tempranamente de mi casa. Ya tenía trabajo, y el primer pago que recibí lo entregué completo a mi madre. Ella no creía; me dijo: “Se han equivocado, hija”. Era un buen salario, me reconocían por todo mi trabajo y compromiso. Además, voluntariamente yo formaba a promotoras en salud sexual y reproductiva.
Ante la insistencia de mi madre, regresé a la oficina de la contadora con el sobre intacto. “Se equivocaron”, le dije, a lo que me contestó: “Tres meses vas a estar con este sueldo, y luego te vamos a aumentar”. No podía creer ni aceptar eso; mi madre tampoco. Marichuza me enseñó nuevamente: “Tienes que valorar tu trabajo; ¿cómo va a ser mucho? Dos años has estado trabajando acá. Te puede gustar mucho, pero también tienes que valorar tu trabajo, y ya que estás en la universidad; es lo correcto”.
Quedé feliz, y eso me dio mucha seguridad e independencia económica. Recuerdo que mi hermano mayor el único varón, cuando decidí salir de casa me dijo: “Quisiera tener los huevos que tienes vos, porque de los ocho, la única que los tiene eres tú”. Tener un papá machista y una mamá muy sumisa, y conocer a otro tipo de personas, ha sido revelador. Antes pensaba que estaba mal, que estaba loca o equivocada, porque lo que escuchaba de las feministas resonaba con mis pensamientos, pero me sentía delincuente y creía que debía ocultar lo que hacía.
Llegar al CIDEM fue una deconstrucción: aunque quería cambiar, no tenía un cimiento donde apoyarme. Encontrar a otras mujeres que me fortalecieron y ratificaron que no estaba equivocada, sino que más bien estaba retrasada en mi entendimiento, fue un gran alivio y una bendición. Ahí decidí aprovechar esa oportunidad y trabajar en algo que me gusta. Cuando fui al CIDEM, Sonia Montaño ya no era la directora; Ximena Machicao estaba a cargo. Me involucré en grupos y charlas sobre mujer y educación, cultura, sexualidad e iglesia, donde expertos me capacitaron. Recuerdo una charla sobre el aborto, donde muchas mujeres lloraban. Luego, Ximena nos informó que nos uniríamos a la campaña 28 de septiembre en Bolivia. Aunque era un tema personal, y no todas estaban de acuerdo, quienes queríamos unirnos lo hicimos. Desde entonces, me sumé a la campaña y trabajamos en acciones muy interesantes que hicieron crecer la iniciativa en Santa Cruz, Cochabamba, Tarija y otros departamentos.
Después de dejar el CIDEM, seguí comprometida con esta causa. Es una apuesta de vida, no es algo que se deja de lado. Además, mantuve mucho contacto con las mujeres con las que había trabajado; muchas me seguían buscando, y con varias seguimos enfrentando el problema diario del aborto y los embarazos no deseados. Todos los días las mujeres abortan; todos los días se enfrentan a un embarazo no deseado.
3 Kullakas ILE, pero también IVE
Desde mi activismo y mi compromiso con la vida, junto a otras mujeres, decidimos formar “Kullakas ILE” (Kullaka es una palabra en aymara que significa hermana). Somos voluntarias que acompañamos a otras mujeres a interrumpir un embarazo legalmente, utilizando el marco de la Interrupción Legal del Embarazo establecido por la Sentencia Constitucional 0206/2014, pero también somos Kullakas IVE, entendiendo la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) como un derecho.
Entré como voluntaria en la institución Gregoria Apaza y comencé dando una charla sobre autoestima. En ese momento, se estaba formando el grupo de “Promotoras Comunitarias”, que se encargaría de difundir los derechos de las mujeres y la lucha contra la violencia en El Alto.
Me enfrenté a una situación interesante. Al formar a las promotoras, no veía claramente la perspectiva feminista, así que propuse algunos cambios. Me informaron que estaban creando una “Guía para la formación de promotoras” que debía ser validada y que tendría que trabajar con otra persona; ahí conocí a Cecilia Terrazas, feminista boliviana. Juntas trabajamos en la Guía, fue un proceso enriquecedor. Conocí a muchas mujeres comprometidas a quienes respeto profundamente.
Solo necesitábamos veinticinco mujeres para los cursos, pero se inscribieron setenta y cinco. No sabíamos qué hacer con tantas participantes, así que abrimos más turnos. Tania Sánchez, directora de Gregoria Apaza en ese momento, me sugirió quedarme. Al principio dudaba, pues mi hija Camila, la menor de mis tres hijos, tenía 4 años y necesitaba atención, pero me informaron que podía llevarla a la guardería de la institución mientras trabajaba, así que acepté.
Gregoria Apaza no era una institución feminista en sí; se enfocaban en género, pero no tanto en feminismo. Comencé a implementar algunas sugerencias e involucré a la institución en conferencias de prensa y charlas. Organizamos conversatorios privados donde las mujeres podían expresar libremente sus sentimientos y llorar. Comprendimos que el silencio también causa daño.
Luego, invitada por Lupe Pérez, directora del Colectivo Rebeldía en Santa Cruz, propuse formar promotoras de derechos, ya que muchas veces las leyes no se cumplen y las mujeres enfrentan rechazos y problemas legales. Decidimos que sería útil capacitar promotoras para que pudieran defender adecuadamente sus derechos. La idea surgió al notar que había mujeres de todos los departamentos, pero no eran de base, sino solo activistas. Actualmente, en El Alto somos 32 mujeres, de las cuales alrededor de 12 somos acompañantes activas. Nos reunimos para definir nuestro nombre, considerando llamarnos madres o amigas. Decidimos llamarnos “Las Kullakas”, porque somos como hermanas y nos identificamos así para apoyar a quienes atraviesan situaciones difíciles que a nosotras también nos costó compartir.
Nuestro grupo de Kullakas es independiente y no pertenecemos a ninguna institución. Recibimos apoyo de la campaña 28 de septiembre liderada por la institución Colectivo Rebeldía de Santa Cruz, nos dan en material y cursos, además de Esar Disar, que nos contactó para conocer nuestras actividades y enviarnos información sobre el Código Penal. Nos advirtieron sobre los riesgos y la posibilidad de enfrentar procesos legales debido a la persecución existente en este ámbito.
Por este motivo en la campaña 28 se decidimos crear un protocolo de acompañamiento, en el cual participamos activamente. Moira Rimassa, Lupe Pérez del Colectivo Rebeldía, lideraron el proceso con la participación de abogadas de la Campaña 28 de septiembre quienes delinearon el protocolo. Yo estuve involucrada en ese equipo y, junto con las Kullakas, contribuimos a su desarrollo.
Nuestro grupo se reúne periódicamente; la mayoría de nosotras somos promotoras de defensa de derechos. Muchas están en centros de salud realizando promoción y vigilancia, algunas en la FELCV y otras en la Fiscalía. Nuestro trabajo de acompañamiento es específico, pero abarca diversos componentes; brindamos información de manera amplia y siempre nos encontramos con mujeres que enfrentan embarazos no deseados.
4 El acompañamiento. Enfrentamos nuestras propias lágrimas y temores
Somos un grupo diverso. Hay abuelas, mujeres jóvenes, universitarias y personas de distintas edades y zonas. En El Alto, que tiene 14 distritos, estamos presentes en 8 de ellos. Nos derivan muchos casos, pero no todas se animan a hacer acompañamiento. Somos entre 8 y 12 las que lo hacemos y hemos visto casos sorprendentes.
Si vemos que una mujer ha sido víctima de violencia sexual y tiene la denuncia, inmediatamente vamos al hospital y exigimos que se cumpla la Sentencia Constitucional 0206/2014. Si no se cumple, buscamos el apoyo de una institución que nos respalde. Cuando se trata de niñas, el proceso es más complejo, pero con las mujeres adultas actuamos de inmediato. Por ejemplo, un día recibí una llamada sobre una niña de 12 años embarazada en Villa Adela (zona de El Alto), cuyos padres no sabían qué hacer. Contacté a una compañera que vive en esa zona y ella se ofreció a acompañar a la familia a la Defensoría y a su casa.
Así es como funcionamos, formando una red de apoyo. Recuerdo el caso de una mujer que fue arrestada por haberse practicado un aborto. Me enteré a través de Patricia Brañez, compañera feminista de gran valor. La estaban llevando presa a la FELCC de El Alto. Fui a buscarla y me dijeron que estaba en las celdas judiciales. Cuando llegué, la encontré temblando y con fiebre, sin poder hablar con su esposo, desesperada. Entré con una credencial de promotora y vi que la audiencia se había programado rápidamente. Hablé con la policía y me dijeron que ella había engañado a su esposo, quien también podría enfrentar cargos judiciales. Supuestamente, le encontraron 12 pastillas de misoprostol en la vagina, aunque ella negó haberlas usado. El médico fue quien la denunció. Finalmente, Lupe Pérez contactó a la entonces diputada Adriana Salvatierra, quien estaba al tanto del caso y envió a un abogado para ayudar a resolverlo. Yo estaba desesperada. Para que pudieran dejar libre a esta mujer, tuve que dejar como garantía los papeles de mi casa. La vi tan mal que saqué el testimonio de mi casa e hice de garante. Así logramos sacarla. Inmediatamente la llevamos a CIES para que atendieran su salud. Estaba muy mal.
Entre nosotras existe un gran temor a hablar sobre el aborto. A veces sentimos miedo de orientar a otras mujeres porque enfrentamos la desaprobación de nuestras propias familias. Nos dicen cosas como: “¿Qué estás haciendo? Ten cuidado con esas cosas”. La violencia es un tema que se puede discutir, pero el aborto no. El aborto parece ser el límite para nuestro entorno.
¿Por qué nos metemos en estos temas? Muchas veces compartimos nuestras experiencias y nos damos cuenta de que todas compartimos ese miedo. Cuando propuse formar un grupo, algunas respondieron que estaba bien tratar la violencia, pero no el aborto. Sin embargo, con el tiempo, empezamos a hablar y comprendimos que el derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo es fundamental.
No hablar de estos temas es como quedarse en la superficie. Es importante que no nos peguen o que no abusen de nosotras, pero si no abordamos la raíz del problema, no estamos llegando al fondo. Es como cuando limpias tu cuarto y escondes la basura bajo la alfombra: aparentemente está limpio, pero en realidad hay algo oculto.
Hemos acompañado a muchas mujeres y sabemos cómo apoyar, pero cuando nos preguntamos entre nosotras si hemos abortado, nos enfrentamos a nuestras propias lágrimas y temores. Por supuesto, también sentimos vergüenza o miedo de que otras personas lo sepan. Aunque confiamos en que nuestras historias no saldrán de nuestro círculo, tememos que nuestros hijos, esposos o parejas lo descubran. Nos asusta ser detenidas, que nos llamen asesinas, que nos excluyan, o que nuestros hermanos nos tachen de aborteras. Estos temores reflejan la realidad de muchas mujeres que viven en silencio.
Algunas compañeras dicen que es importante que hablemos sobre el aborto, porque si no lo hacemos, las mujeres seguirán muriendo a causa de abortos clandestinos, inseguros y antihigiénicos. Seguirán pagando a médicos que, mientras el seguro les niega ayuda, les cobran exorbitantes sumas de dinero, enriqueciéndose a costa de nuestra situación: “el mismo médico que trabaja en hospitales públicos después cobra Bs. 1.500 o 2.000. Se vuelven ricos a costa de nosotras”.
5 Ponemos el compromiso y hasta la casa
Formar parte de las Kullakas no ha sido fácil para todas. En nuestras reuniones, compartimos estos temores y desafíos. Nos preocupaba, por ejemplo, que nos denuncien y nos detengan. Antes de tomar la decisión, siempre les damos una consejería completa, explicando que la decisión es completamente suya. Las apoyamos, sin importar si deciden continuar con el embarazo o interrumpirlo. Les recordamos que, aunque el aborto es legal en ciertos casos en Bolivia, está penalizado, por lo que deben ser cuidadosas con la información. Nos comunicamos por WhatsApp, pero borramos los mensajes de inmediato para protegernos.
Cuando empecé a hacer acompañamientos, solo brindaba información y acompañaba a las mujeres al médico. Pero mi primer acompañamiento real fue diferente. Una joven de seis semanas de embarazo me buscó. La norma es que todas deben tener una ecografía antes de proceder. Mostré la ecografía a una médica de nuestro grupo, quien confirmó que podíamos continuar. Le expliqué el proceso: qué tomar 24 horas antes, cuándo comenzar con el misoprostol y dónde quedarse. Ofrecí mi casa, ya que ella no tenía otro lugar. Sin embargo, no volvió al día siguiente. Pensé que quizás había decidido continuar con el embarazo.
Finalmente, volvió cerca de cumplir 12 semanas. Apareció llorando a las diez de la noche y me contó que había decidido interrumpir el embarazo después de hablar con su enamorado, quien inicialmente quiso tener al bebé, pero luego cambió de opinión tras una fiesta, diciendo que tal vez no era el momento adecuado o que quizás él no era el padre. Le expliqué que se produciría un sangrado, un poco de dolor y a veces contracciones, información que recibimos en las capacitaciones. La acompañé y le puse una bolsa de agua caliente. Empezaron los dolores y ella me decía: “me duele mucho”. Me asusté y llamé al médico que ya conocía del caso. “Así es esto, que respire tranquila”, me dijo. Pasaron algunas horas. Cuando fue al baño, expulsó un feto muy pequeño que tenía en su mano. Después salió la placenta. Lloró y me dijo que quería llevárselo y enterrarlo.
Recuerdo que intenté convencerla de que no era la mejor opción. Acudí a una compañera que tenía más experiencia en acompañamiento. Como mencioné, este era el primero que yo hacía. Me dijo: “Lo que le has dicho está correcto, está bien; no se lo puede llevar”. “Háblale de la ley, hay que confrontarla. Ahora los sentimientos están desbordados, pero si no lo resuelven, ella corre peligro y tú también”.
Cuando estuvo más tranquila, retomamos la conversación y ella desistió de su última idea. Entonces, me di cuenta de lo importante que es un acompañamiento psicológico, porque no todas las mujeres enfrentamos igual el aborto. Para algunas, significa una liberación, pero a otras les cuesta más afrontar ese momento. La contención frente a la crisis es fundamental; no hay que quitarle valor. Entonces me contacte con amigas psicólogas para que atiendan a las mujeres que lo necesiten, ya sea por Zoom o por WhatsApp.
Hasta ahora, realicé unos veinte acompañamientos sin problemas. Siempre contamos con el apoyo de algunos ginecólogos que son muy accesibles. En mi caso, les envío las ecografías por WhatsApp y siempre están dispuestos a ayudar con cualquier duda.
6 Me llena de orgullo que mis hijos admiren mi trabajo
Una de las mayores satisfacciones que siento es ver a mis hijos identificados conmigo y con mi trabajo. Una vez, uno de ellos me preguntó dónde iba, y le dije que tenía un acompañamiento. Me ofreció acompañarme, preocupándose por mi seguridad. Desde entonces, me acompaña junto con su hermano. Ambos son varones: uno de 27 años y el otro un poco más joven. Me llena de orgullo cuando me dicen que admiran lo que hago. Ellos me dicen: “admiro todo lo que haces”. No sé si hay “kullakos”; les digo que no, que en aymara el equivalente a hermana es “jilata”. “Deberías formar jilatas”, me dicen, “porque nosotros también podemos acompañarte en los casos que se presenten”. Y es entonces cuando me quiebro de la emoción, porque no se trata solo de dejar huellas, sino de hacer un mundo mejor para mi hija, para mis nietas, y en eso tengo a mis hijos como aliados. Siento que he hecho las cosas bien, que lo estoy haciendo bien. A veces, mis hijos identifican casos y me los refieren. Están involucrados en el tema no porque yo les haya insistido, sino porque decidieron unirse por su cuenta. Este apoyo me demuestra que no he hecho mal las cosas, que he dejado una huella positiva.
Cuando salió la Sentencia Constitucional, nadie, ni médicos ni policías, la conoció. Hubo que socializarla y asegurar que los centros de salud y hospitales tuvieran misoprostol para realizar intervenciones seguras y no invasivas. Era una obligación, no un favor. Sin embargo, en El Alto, el único hospital que lo hace es el Hospital del Norte, porque tiene un médico a favor del aborto. Los demás hospitales derivan los casos a este hospital, alegando que no tienen los medicamentos necesarios.
Justo sobre el misoprostol: antes, las mujeres no podían conseguir las pastillas en las farmacias sin receta médica. Si las conseguían, era a través de un hombre, ya que a ellos sí se las vendían, con o sin receta. Todavía son cosas que siguen pasando; las mujeres deben acudir al mercado negro o buscarlas por internet. Los precios varían mucho, pero en el caso de los centros de salud, tener el medicamento debería ser obligatorio.
7 Hay muchas mujeres invisibles detrás de las instituciones
Dentro de la Campaña 28 de septiembre se desarrolló un proyecto llamado “Promotoras ILE” para que las promotoras pudieran realizar acompañamientos y proporcionarnos M&M, que son Mifepristona y Misoprostol. Este proyecto fue aprobado, y aunque al principio hubo incertidumbre, finalmente nos confirmaron que podríamos llevar a cabo los acompañamientos y ayudar a las mujeres, especialmente a aquellas de escasos recursos económicos que no pueden acceder a los medicamentos dentro del tiempo permitido, hasta las 12 semanas.
Recibí esta información a través de otra compañera activista de Sucre, quien ha liderado este proyecto. Nos informaron que sí podemos realizar acompañamientos y ayudar a las mujeres. Sin embargo, muchas mujeres que no están informadas aún deben recurrir al mercado negro. Lo que hacemos nosotras es que las mujeres nos llegan a través de la campaña, creando así una alianza importante. Las Kullakas estamos respaldadas de alguna manera por instituciones, aunque no completamente.
Tener M&M también era una demanda grupal de todas las que componemos la Campaña, y aunque nos facilitan las pastillas, nos sentimos impotentes que las instituciones no nos apoyen adecuadamente. Recuerdo un caso en el que acompañé a una señora con un embarazo avanzado; me pidieron mil quinientos, pero logré negociar a novecientos. Estas cosas las hacemos solas y asumimos toda la responsabilidad que implican. Me molestaba porque sentía que las instituciones no nos ayudaban y las mujeres no tenían los recursos necesarios, dificultando aún más la situación. Nosotras no recibimos un sueldo, somos defensoras y voluntarias. Las mujeres podrían pensar que nos quedamos con una parte del dinero, lo cual no es cierto.
Respecto a algunas instituciones y a las personas que trabajan allí, yo digo: “Tú tienes un sueldo seguro, ellas no. Estás hablando de asistencialismo, ¿no? ¿Por eso vamos a trabajar gratis? Nadie lo hará, porque cada una tiene sus responsabilidades”. Yo puedo porque tengo mi casa y afortunadamente ingresos, y con eso puedo asistir a una reunión y pagarme el pasaje. Pero no lo haré para una institución que tiene dinero. Al menos deberían cubrirme el pasaje. “No estoy de acuerdo con que traten así a las mujeres
Si no fuera por estas mujeres que realmente tienen una apuesta de vida, muchas instituciones no lograrían sus metas. Hay quienes van al curso, reciben su certificado y desaparecen. Pero otras ven la necesidad y siguen adelante; muchas veces las instituciones creen que es suficiente darles una polera, una bolsa o una gorra. Muchas mujeres no buscamos un sueldo, sino la visibilización de nuestro trabajo. Hay muchas mujeres invisibles detrás de las instituciones, como en una película donde se ven los actores principales, pero no a quienes están detrás de la cámara.
Por supuesto que hay mujeres líderes en las instituciones que piensan, generan proyectos y negocian. Hay actividades puntuales, como capacitar a las mujeres para cumplir objetivos, pero, ¿qué viene después? Hay muchas mujeres muy capacitadas que pueden hacer mucho más. Recuerdo mi trabajo en CIDEM; era una institución muy honesta y ética, muy diferente. Hace falta centrarse en las instituciones y reconocer a las mujeres que participan en nuestras actividades. ¿La meta es solo capacitar? ¿Están ejerciendo lo aprendido? Hay muchos cuestionamientos al respecto.
Cuando pienso en otros colectivos u organizaciones, recuerdo, por ejemplo, a Violeta Tamayo, una mujer líder, joven, del colectivo “Pan y Rosas”. En el marco de un trabajo, ayudando a una maestra, conocí a Violeta. El esposo de la maestra era abogado y la había golpeado, provocándole un sangrado. Violeta me derivó a la señora; hice el acompañamiento y aprendí mucho de esa experiencia.
Mi madre solía decir que hay cosas que una debe hacer sola: “Hay que ser ratera. Solita, hay que ser puta solita”. Digo esto porque la hija mayor de la maestra, que estaba en la premilitar, escuchó todo lo que hablamos sobre la interrupción. El agresor manipuló a la muchacha diciéndole que le daría todo si se ponía en contra de su madre, e incluso amenazó con hacer una denuncia penal porque supuestamente su madre se había practicado un aborto. La maestra me llamó asustada, preocupada porque su hija le había dado la espalda. Le aconsejé que negara todo: “No me he puesto nada, no he tomado nada”. Finalmente, logramos ayudarla y, aunque el abogado intentó intimidarla, no tenía pruebas.
A través de esta experiencia, conocí a Violeta y su grupo de mujeres jóvenes. Ellas tienen una gran energía y determinación. En este caso, incluso hubo una denuncia por robo, lo que complicó más la situación. Pero logramos ayudar a la maestra con el apoyo de la Campaña y de otras organizaciones. La Campaña 28 también nos da recursos y apoyo legal. Han formado un grupo de abogadas y están creando un equipo de psicólogos, lo cual ha sido un proceso difícil pero necesario.
Uno de los mayores obstáculos para avanzar en el tema del aborto son nuestros propios miedos. Es crucial superar estos miedos para poder seguir adelante. Las instituciones deben ir más allá de la planificación y realmente apoyar a las mujeres en todas las etapas.
8 El miedo y la hipocresía son nuestros mayores obstáculos
Uno de los mayores obstáculos para avanzar en el tema del aborto son nuestros propios miedos, pero sin duda el que considero más importante es la hipocresía. Tenemos una sociedad sumamente hipócrita. Cuando voy a las Defensorías, a la Policía, a la Fiscalía o a los centros de salud, la gente te dice: “¿cómo es posible que se haga un aborto?”. Pero cuando se trata de su enamorada o de su pareja, la obligan a abortar sin ningún reparo. Incluso me cuestionan: “¿cómo es posible que usted esté en esta lucha?”. A mí me han dicho asesina, me lanzaron un globo con pintura roja y hasta me patearon.
Un tiempo asistí a charlas con un grupo de señoras cristianas que hacían lecturas de la Biblia. Allí conocí a un pastor que hacía abortar a su esposa a la fuerza, le pegaba y hasta le sumergía la cabeza en el inodoro; era terrible. Ella, en público, afirmaba que su esposo nunca la había tocado. Más tarde, por cosas de la vida, me tocó apoyarla y grabar su testimonio. Esto me hizo reflexionar aún más sobre la hipocresía de nuestra sociedad.
Si dejáramos de ser tan hipócritas, quizás el aborto ya estaría despenalizado en Bolivia. Pero como no lo somos, quienes han abortado son muchas veces los primeros en condenar a otros. Recuerdo una campaña con tres preguntas que generaban impacto. La primera era: “¿Está usted de acuerdo con el aborto?”. Casi siempre la respuesta era un rotundo no. La segunda: “¿Qué pasaría si fuera su hija, su sobrina, su esposa o su hermana?”. Ahí, ya comenzaban a dudar. La tercera: “¿Debería ir a la cárcel esa persona por abortar?”. Esta última despertaba aún más reflexión.
Ser empático no significa solo ponerse en el lugar del otro superficialmente, sino realmente comprender su situación, su edad, su género y su problema. La empatía va mucho más allá de imaginarse en los zapatos del otro. He estado cerca de muchas hermanas cristianas que, después de ser maltratadas, se ven obligadas a decir que sus esposos nunca las golpearon. La hipocresía, a nivel individual como social, es uno de los principales obstáculos. El otro es la falta de voluntad. Muchas veces se conocen las leyes y las sentencias, pero no hay voluntad de aplicarlas. Hay trabajadores en el sistema judicial y en centros de salud que simplemente no quieren cumplir con su trabajo, no porque no sepan, sino porque no les da la gana.
9 Los hombres también abortan. Reflexionando sobre las estrategias
Un día, en una charla, mi hijo me hizo ver algo muy importante: ¿por qué el enfoque del aborto está puesto únicamente en las mujeres? Al final, sí, quien aborta es la mujer, pero no debemos olvidar el papel de los hombres y de la sociedad en esta situación. Me decía: “los hombres también abortamos”. Sí es cierto, los hombres somos responsables de esta problemática: embarazamos y luego no nos hacemos cargo, o incluso las obligamos a abortar. Por eso creo que involucrar a los hombres en este tema es una necesidad y, al mismo tiempo, una estrategia para avanzar. La responsabilidad masculina debe ser parte de esta lucha.
10 Más allá de un servicio, es un compromiso profundo
Mi hijo también me dijo algo muy importante sobre los cuidados maternos. Me preguntó: “¿Qué pasa si sigue sangrando?” Estábamos hablando de un caso que me preocupaba mucho. Me observaba y dijo: “Mami, te veo absorbida y preocupada por esto. Ustedes también deberían tener un grupo de apoyo”. ¿Y quién nos apoya a nosotras? Acompañamos a otras mujeres, pero ¿quién nos acompaña a nosotras? En este sentido, sería bueno contar con algún tipo de soporte.
Pienso en mi suegra, que solía vender comida, Cocinaba un fricasé tan delicioso que venían desde Argentina a probarlo. Ahora, enferma, ya no puede salir a vender. Me dijo que se siente triste, no por la enfermedad, sino porque extraña conversar con sus amigos y escuchar las historias de los viajeros. Esos encuentros la hacían sentir viva y feliz.
Pensando en nosotras, creo que también necesitamos espacios de relajación y apoyo mutuo. Tal vez no tengamos recursos para grandes eventos, pero pequeños gestos, como compartir un panetón o una cena, pueden marcar la diferencia. Es esencial tener esos momentos de desconexión, donde podamos hablar y descansar.
Las instituciones deben reconocer esta necesidad. Nosotras no solo acompañamos a otras mujeres en sus procesos; vivimos con ellas su dolor y su riesgo de vida. Esto va más allá de brindar un servicio: es un compromiso profundo. Necesitamos un apoyo real, no solo para las mujeres que acompañamos, sino también para nosotras, las acompañantes. Sería ideal que psicólogas y abogadas se involucren de manera voluntaria, desde una responsabilidad social, ofreciendo sesiones gratuitas a quienes más lo necesitan. Eso haría una gran diferencia y nos daría el soporte necesario para seguir adelante.
Hoy no contamos con esos espacios. Vivimos en la cotidianidad, en la necesidad del día a día, y a eso sumamos nuestra apuesta de vida. Nos dicen: “qué bien que haces este trabajo, qué lindo”, pero muchas veces nos sentimos solas, sin nadie con quien conversar. También necesitamos otros espacios. Una cosa es estar en el discurso, y otra es estar ahí, acompañando a las mujeres.
11 “Qué gran labor”, una frase que no alcanza
Lo que hacemos no se reduce a entregar medicamentos o enseñar cómo usarlos, sino a vivir con ellas su dolor y el riesgo que enfrentan. Es un riesgo real e innegable, y estar a su lado va más allá de escuchar un “qué gran trabajo”.
Una vez hablé de esto con una gran aliada. No se trata únicamente de la interrupción del embarazo; detrás de ello hay muchas más cosas. A veces me llaman mujeres con problemas que no tienen nada que ver con un embarazo, pero igual necesitan apoyo. Por eso creo que es crucial que las instituciones ofrezcan apoyo psicológico. Yo no soy psicóloga, aunque más de una vez pensé en estudiar para serlo. Cuando recurro a una amiga psicóloga para ayudar a alguien, los costos se vuelven un obstáculo. A veces le digo: “Te daré para tus dos primeras sesiones, pero luego ella tiene que asumirlo”. Los Servicios Legales Integrales son públicos, pero no siempre son una opción viable para hablar de temas personales.
Por eso pienso que compañeras activistas, profesionales, psicólogas y abogadas deben apoyar nuestro trabajo, no solo desde una ONG, sino como un compromiso de vida. Sería ideal que algunas sesiones fueran gratuitas, como una forma de responsabilidad social.
12 Si ayudo ahora, sé que alguien ayudará a mi hija o a mi nieta en el futuro
No quiero que se visibilice solo mi trabajo, sino el de muchas mujeres que, en nuestro día a día, en nuestras zonas, en el mercado, con nuestras amigas, con nuestras kullakas, sostenemos esta lucha. Entendemos que dar felicidad y calidad de vida va más allá de la familia inmediata; es pensar, por ejemplo, en no querer que otras mujeres repitan una historia dura y violenta. Que lo que yo he pasado, no lo pase otra. Si ayudo ahora, sé que alguien ayudará a mi hija o a mi nieta en el futuro.
He vivido momentos duros en mi relación de pareja, pero conocer a mujeres maravillosas en el camino ha sido profundamente enriquecedor. Las admiro y siempre han sido una inspiración para mí.
A veces pienso en cuánto hemos avanzado. Recuerdo una marcha del 28 de septiembre, en la que solo unas pocas llevábamos pañoletas verdes; lo hacíamos con timidez. Hoy veo chicas jóvenes con canciones, consignas creativas, fuertes, y siento que hemos pasado la antorcha.
En una marcha junto a una activista, caminamos bajo una fuerte lluvia. Estábamos como pollos mojados; ya éramos mayores, pero seguimos adelante, gritando, alentando, apropiándonos de esa marcha. Ver a las jóvenes siguiéndonos fue emocionante. A mis 54 años, siento que todavía tengo mucho que aportar. Me conmueve ver el interés de las nuevas generaciones: aunque no todas se involucran, cada persona hace su parte para cambiar el mundo. Me llena de felicidad pensar que mi hija Camila estará ahí algún día, luchando por un mundo distinto.