2026, VOL. 3
https://doi.org/10.36368/jcsh.v3i2.1345
CONVERSACIONES CON
Nosotras acompañamos la clandestinidad
Andrea Terceros1*
: Warmis en Resistencia – Vecinas feministas, Bolivia
Recibido 26 enero 2026; Aceptado 25 febrero 2026; Publicado 8 marzo 2026
Andrea Terceros Hans es una activista feminista y defensora del derecho al aborto seguro, cuya historia está profundamente marcada por su identidad como mujer de clase media urbana. Con una trayectoria de 18 años en el movimiento de mujeres y en diversas articulaciones feministas, Andrea ha dedicado gran parte de su vida a la lucha por la justicia de género.
Desde hace 17 años, acompaña procesos de aborto, brindando apoyo y recursos a quienes se enfrentan a este proceso. Su compromiso va más allá de la militancia; es un llamado a la solidaridad y a la empatía en un contexto donde los derechos sexuales a menudo son desestimados.
Andrea se involucra activamente en el proceso desde su perspectiva individual y forma parte de la colectiva local “Warmis en Resistencia”, donde colabora con otras mujeres en la promoción de la igualdad y el derecho a decidir. Además, es integrante de la red regional “Vecinas Feministas por la Justicia Sexual y Reproductiva en América Latina”, donde contribuye a crear vínculos y estrategias que fortalezcan la lucha por los derechos reproductivos en la región.
1 Las mujeres que acudan a mí no tendrán que enfrentar el estigma del aborto
Milito desde hace dieciocho años. Mi camino comenzó en la universidad, tuve la suerte de coincidir con una de las integrantes del movimiento contracultural en La Paz. Yo ya las seguía de cerca, era fan de sus fanzines, ellas estaban muy involucradas en lo que siempre me ha apasionado trabajar: la sexualidad y los cuerpos.
Un año después de sumarme a la militancia, enfrenté un embarazo no deseado. Fueron ellas quienes me dieron información para acceder a un aborto seguro. Esa experiencia y el peso del estigma que cargué entonces, me marcaron profundamente. Me prometí que ninguna mujer que acudiera tendría que pasar por lo mismo. Así comenzaron mis primeros pasos en el acompañamiento.
Con el tiempo, la colectiva se disolvió, pero yo seguí creando espacios junto a compañeras de distintos ámbitos que se reconocían como feministas. Más adelante entré al mundo institucional, trabajando en ONGs de género. En ese camino tuve una gran maestra: María Ángela Sotelo, feminista e investigadora boliviana, que me abrió las puertas del trabajo institucional y me dio estructura.
Participé en muchos espacios y actividades –algunos efímeros, otros poco organizados– pero siempre con en el feminismo como raíz. En 2016, mientras trabajaba en la Amazonía boliviana, recibí una beca de DAWN, una organización feminista del sur global que ofrece entrenamientos intensivos para feministas del sur global. Ese entrenamiento me transformó: compartí experiencias con compañeras de América Latina, Asia y África, y sentí la fuerza de un movimiento realmente internacional.
Al volver tenía una certeza: debía compartir todo lo aprendido. En Bolivia no existía una formación feminista como tal; los espacios que conocía eran demasiado institucionales: escuelas de liderazgo, capacitaciones para promotoras, programas de ONG. Entonces reuní a amigas y a mujeres interesadas en la formación feminista. Les compartí, de manera sencilla, lo que había aprendido. La respuesta fue entusiasta, y de esos encuentros nació un espacio de diálogo y aprendizaje colectivo. Con el tiempo fuimos quedando ocho mujeres. Así fundamos Warmis en Resistencia: ya no solo un círculo de autoafirmación, sino una colectiva feminista.
2 El activismo autónomo y la institucionalidad: ser el sándwich y tender puentes
En 2015, mientras trabajaba en la Coordinadora de la Mujer, recibí una invitación de RESURJ –una organización feminista transregional del Sur Global– para participar en unos diálogos sobre justicia sexual y reproductiva en Santiago de Chile. Era un entorno muy distinto a los que conocía: formal, donde convivían activistas e instituciones. Y venía de un espacio callejero, anarquista, y de pronto estaba en una sala junto a mujeres de toda América Latina: indígenas y urbanas, de clase media como yo, con trayectorias diversas entre el activismo de calle y el trabajo institucional.
De esos encuentros nació una declaración por la justicia sexual y reproductiva, mi puerta de entrada al tema. Un año después, varias de estas mujeres se reunieron en México, durante una conferencia regional, y formaron la red regional Vecinas Feministas, invitándome a unirme. Ese fue mi ingreso a un nuevo mundo: la incidencia política regional y global, en los espacios donde se discuten los derechos sexuales y reproductivos, incluidos los intergubernamentales.
Aunque había jurado no volver a trabajar en una oficina ni en espacios institucionales –por una mala experiencia en el Beni y las dificultades de “volver al mapa” laboral–, Vecinas Feministas fue convocada para monitorear el “Consenso de Montevideo” en América Latina, y yo me sumé al proceso de seguimiento en Bolivia. De esa articulación nació lo que, con Cecilia, llamamos “Alerta Montevideo”, que continua activa hasta hoy.
Desde entonces asumí un doble rol: ser parte del equipo regional de Vecinas Feministas y al mismo tiempo impulsora de la articulación en Bolivia. Hoy sigo en ambos espacios, tanto desde mi militancia como desde mi trabajo en MSI Bolivia.
A lo largo de estos años me ha tocado ser el sándwich. Vengo del activismo autónomo, crítico del movimiento institucional, y al mismo tiempo participo en instituciones que son blancos de esas críticas. He recibido reclamos de ambos lados. Pero también he podido tender puentes de encuentro y abrir espacios donde podamos escucharnos entre todas. Ese ha sido mi lugar.
3 Nosotras acompañamos la clandestinidad
Con Warmis en Resistencia nuestro eje ha sido la educación sexual integral y el aborto. Con Vecinas Feministas el trabajo se amplía: hablamos también de autonomía progresiva, de justicia sexual y reproductiva en América Latina. En todos los casos hay un hilo común: desestigmatizar y avanzar hacia la despenalización social del aborto. Mucho de lo que hago hoy se lo debo a esta articulación con compañeras que traen trayectorias distintas, tanto desde espacios estructurados como desde colectivos horizontales, pero siempre con la misma convicción: defender el derecho a disfrutar de nuestros cuerpos y sexualidades de formas libres, plenas y placentera.
Al principio sus discursos me sacudieron. Me impactaban los chistes sobre el aborto, por ejemplo, porque yo venía de un contexto boliviano donde el aborto, incluso dentro del feminismo, sigue siendo profundamente criminalizado y estigmatizado. Poco a poco entendí que ese humor era también una forma de romper con el miedo y el silencio.
Desde Warmis acompañamos, derivamos casos y, sobre todo, tejemos redes. Yo siento que ahí encontré mi lugar: en esas acciones concretas que salvan, sostienen y construyen complicidades, siempre con la meta de la despenalización social del aborto.
Porque al final, todo esto recae sobre nosotras, las acompañantes. Cada año, en los afiches del 8 de marzo o del 25 de noviembre, se repite la misma idea: que las mujeres mueren por abortos clandestinos, por el “negocio del aborto”. Y no es verdad. Las mujeres no mueren por la clandestinidad en sí; mueren por abortos inseguros. Esa es la diferencia que cargamos y la verdad que nos toca acompañar.
4 Estrategias para avanzar. El discurso de derechos sexuales y reproductivos nos queda corto
Desde Warmis en Resistencia nunca nos planteamos la incidencia política como meta principal. Lo nuestro es la incidencia social. Creemos que, aunque una ley avance, si los imaginarios no cambian desde abajo, no habrá un cambio real. Nuestro trabajo ha sido mover esos imaginarios, transformar lo que la gente piensa y siente sobre nuestros cuerpos y nuestras decisiones.
En Vecinas Feministas, el camino es distinto: ahí sí hacemos incidencia política. Estamos en espacios intergubernamentales, siguiendo de cerca agendas globales como las de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo o la CRPD. Lo hacemos con una convicción clara: el discurso de “derechos sexuales y reproductivos” ya no alcanza.
Para nosotras, aquí sentadas, hablar de derechos sexuales y reproductivos puede sonar fácil: tuvimos acceso a educación, a salud, a trabajos formales. Pero ¿qué pasa con las compañeras que viven en la precariedad, en zonas rurales, en barrios periféricos? ¿qué pasa con las jóvenes, con las mujeres negras y con las trabajadoras sexuales?. No podemos seguir emitiendo documentos o posicionamientos que las dejen fuera. La única manera de incluirlas es desde una mirada interseccional, que entienda cómo se cruzan todas esas desigualdades en sus vidas.
A veces los discursos y narrativas sobre el aborto me cansan. En ciertos espacios donde supuestamente se pelea por la legalización, todavía se repiten visiones elitistas, lejanas a las realidades concretas. Y esa lucha no se da solo contra las instituciones, también se libran dentro de las propias colectivas.
Hoy pienso que tenemos que ir más allá: mirar cómo el aborto se cruza con otros temas. ¿Qué pasa con la justicia climática, por ejemplo? ¿Cómo afectan los incendios forestales a los derechos sexuales de las mujeres? ¿qué significa exigir abortos en hospitales cuando en muchas comunidades ni siquiera hay hospitales o cuando el único centro de salud no funciona? En ese contexto, ¿a dónde van las mujeres? Muchas veces, a lugares peligrosos en las ciudades, o a resolverlo con medios inseguros.
5 No poner todos los huevos en una sola canasta: autocrítica para avanzar
Hoy vivimos un momento en el que las leyes ya no nos garantizan nada. Basta mirar lo que está pasando en Estados Unidos: los retrocesos son evidentes, y quienes están sosteniendo a las estadounidenses son, en gran medida, las acompañantes mexicanas. En Argentina, incluso después de haber conquistado tanto, también existe el riesgo de perder lo conseguido.
Yo creo que sí hay que pelearle al Estado, porque nos debe mucho, pero tampoco podemos creer que todo pasa por ahí. Poner todos los huevos en una sola canasta no solo es peligroso, también es una pérdida de tiempo y recursos. He visto cómo las ONGs gastan enormes cantidades de dinero en procesos que no avanzan, cuando existen otras maneras más efectivas de hacer las cosas.
En Argentina, por ejemplo, conocí de cerca el trabajo del Frente Popular Darío Santillán: un movimiento de base gigantesco que actúa desde las juntas vecinales y los espacios barriales. Con dos pesos hacen política, y lo que logran es impresionante. Pasé una semana con ellas, observando su trabajo, y me quedó claro que lo comunitario puede mover montañas.
Aquí, en cambio, hay ONGs con depósitos repletos de papelería que en nada aportan a los derechos sexuales y reproductivos. Y lo digo también como autocrítica, porque yo misma he trabajado mucho tiempo en estos espacios. En Bolivia nos cuesta cuestionar esas prácticas, quizá porque hay “vacas sagradas” que nadie se atreve a interpelar. Si lo haces, corres el riesgo de que te cierren las puertas o te maltraten, aunque sea de manera disimulada pasivo-agresiva. Y claro, todas necesitamos trabajar, todas necesitamos comer.
6 Estrategias
Con Warmis en Resistencia hago trabajo de base. Me gusta construir espacios que sean a la vez innovadores y tradicionales, rescatando lo mejor de ambos enfoques. Por ejemplo, organizamos laboratorios temáticos como el de masturbación femenina y placer, donde no sólo conversamos, sino que exploramos a través del dibujo, el arte y la creatividad. También hemos facilitado talleres más convencionales, como capacitaciones en La Paz con mujeres trabajadoras del hogar, porque en Bolivia el tema de la sexualidad, el erotismo y el placer sigue siendo muy limitado, incluso dentro del feminismo.
Por mi propia mi conexión emocional con el Beni, he insistido en que también trabajemos allá. Hemos llevado talleres, laboratorios y, más recientemente, incursionamos en podcasts, videos e incluso una investigación sobre educación sexual. En La Paz, nuestro trabajo se sostiene en la autoconvocatoria: las mujeres se suman libremente a nuestras actividades, sin requisitos. Aunque el foco suele estar en las más jóvenes, también abrimos espacio a mujeres adultas y buscamos siempre que la participación sea intergeneracional.
Con Vecinas Feministas me muevo en otro terreno: los espacios regionales y globales. Estamos en la Conferencia Regional de Población y Desarrollo, en la CSW (Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer), en el Foro de Países de Desarrollo Sostenible, en los espacios de mujeres lesbianas y bisexuales, en espacios globales y regionales, y en el EFLAC (Encuentro Feminista Latinoamericano), entre otros. ¿Nuestra agenda en esos espacios? Aborto, educación sexual y autonomía progresiva. Y cuando hablamos de todos estos temas, nuestro énfasis es el cambio de narrativas.
Otro eje de trabajo son las autonomías progresivas. Tenemos un proyecto llamado “Injusta Justicia”, donde analizamos cómo el punitivismo atraviesa las leyes de derechos sexuales y reproductivos. Muchas veces estas normas, en lugar de ampliar derechos, terminan restringiéndolos o castigando, sobre todo adolescentes.
En Guatemala, por ejemplo, nos enfrentamos al reto de defender el consentimiento mutuo en relaciones entre adolescentes, para que no sean criminalizadas bajo la figura de estupro. También cuestionamos cómo las legislaciones vulneran los derechos sexuales y reproductivos de personas con discapacidad, en vez de garantizarlos.
Nuestro proyecto más reciente, “Entretejidas”, busca articular movimientos diversos: el feminista, el de personas con discapacidad y el de derechos de la infancia. La idea es tender puentes, sumar voces y construir nuevas narrativas que desarmen estigmas y hagan posible un enfoque de derechos más amplio y efectivo.
7 Quitar el baño de sangre
Para mí, desestigmatizar el aborto significa hablarlo en primera persona, de manera abierta y honesta. Hay que cambiar la narrativa: quitarle el “baño de sangre” que siempre lo rodea.
Cuando un aborto se realiza con la información adecuada, con acompañamiento y con los insumos correctos, es un procedimiento totalmente seguro; más inseguro es sacarse una muela. Por eso insisto en que hay que desmontar el discurso de la tragedia.
Mi primer aborto sí fue doloroso, pero por el estigma, no por el procedimiento en sí. Mientras yo buscaba dónde interrumpir un embarazo, uno de mis mejores amigos anunciaba que iba a ser papá. Yo permanecía en absoluto silencio, cargando con culpa, con vergüenza y con la idea de que el aborto era sangre y tragedia. Esa experiencia me marcó, y por eso apoyo y promuevo el acceso al aborto. Porque la información es un derecho humano y no debería negársele a nadie.
Incluso dentro del feminismo hay resistencias. Muchas veces esas diferencias se convierten en conflictos y nos impiden sumar fuerzas. Yo misma he tenido que repensar en qué espacios de articulación participar. Aun así, creo que no debemos perder la mirada estratégica, y ahí todavía nos falta como movimiento.
El estigma se nota en lo concreto. En La Paz o en Santa Cruz, las marchas del 8 de marzo y del 25 de noviembre son multitudinarias, pero el 28 de septiembre, día por la despenalización del aborto, seguimos siendo pocas. Hoy quizá somos unas 200, pero hasta hace poco no pasábamos de 50. También se nota en los símbolos: para el 8 de marzo existe hasta un “outfit para marchar”; en cambio, no existe una “estética abortera” que nos convoque de la misma forma.
8 El pacto es una diversidad: encuentros y diferencias
El “Pacto por los Derechos Sexuales y Reproductivos” ha sido una buena estrategia para articular esfuerzos en torno a un objetivo común: la despenalización del aborto. Ese es el horizonte final. Claro que dentro del Pacto hay diferencias: algunas creemos que la despenalización debe ser total, en cualquier etapa de la gestación, otras defienden límites gestacionales.
Estas posturas no han afectado directamente la discusión sobre el anteproyecto de ley, pero sí la estrategia. Porque ahí está el problema: ¿qué decimos y cómo lo decimos frente a la opinión pública? El discurso antiderechos siempre nos llamará “asesinas” o insistirá en que ningún aborto es fácil para una mujer. Si respondemos solo desde la tragedia, reforzamos su marco.
Dentro del Pacto hay un ala más progresista y con un discurso más avanzado, aunque pequeño. El otro sector es más tímido, y otro más se limita únicamente a pensar en la estrategia. Eso desgasta: pasamos horas sin resolver esas tensiones.
Hay también jerarquías, algunas figuras tienen la última palabra. Yo sé que mi discurso puede gustar o no, pero no lo negocio. Cuando hablo como vocera del Pacto, respeto lo acordado colectivamente; cuando hablo como militante, lo hago desde mis convicciones. Y ahí no cedo: mi palabra y mi experiencia no son negociables.
9 Reconocimiento, pero también desencuentro generacional
En Bolivia muchas cosas se dicen “suavito”, sin ir de frente, y eso tiene que ver con nuestro legado poscolonial. Pero creo algún día esas narrativas deben quedar atrás. Reconozco lo que las feministas de generaciones anteriores han abierto; sin embargo, también deberían aceptar las críticas. Y ahí está el problema: no lo hacen. Muy seguido se apropian de discursos que nosotras, las más jóvenes, hemos trabajado, y nunca reconocen de dónde vienen. Luego llevan esos planteamientos a espacios internacionales y los presentan como si fueran propios.
Eso me incomoda profundamente. Participo en espacios institucionales porque si no lo hago se me cierran puertas que considero necesarias para dar pelea. También porque quiero abrir espacios para otras compañeras. Pero siento que a las feministas mayores les cuesta soltar: quieren quedarse “hasta el último día”, y aunque respeto su lucha, también creo que hay espacios que necesitan abrirse a nuevas voces y nuevas formas.
Claro que también hay encuentros. Hay referentes que han hecho muchísimo, que han apostado por agendas como la diversidad sexual, la juventud, la lucha antiracista, el reconocimiento de lo indígena, etc. Pero siento que muchas se han quedado ahí, en un lugar cómodo, generando una especie de instrumentalización hacia las nuevas generaciones.
Esa instrumentalización se nota en los cupos. A veces parece que lo importantes es llenar la cuota: una joven, una no binaria, una indígena, una campesina, una afro…“la foto Benetton”. Pero luego las ponen ahí sin preparación, sin contexto, sin darles la información necesaria. Yo misma lo viví. En mi primera Conferencia Regional sobre Población y Desarrollo estaba completamente perdida, fueron mis compañeras de Vecinas Feministas quienes me guiaron. Recién después de años de insistir en esos espacios entendí cómo funcionan. Y aún veo que esto no cambia.
Además, está el tema de la apropiación de discursos. Recuerdo que en una reunión en La Paz, cuando dije que la educación sexual no debía pensarse solo para prevenir la violencia sexual, sino también para tener vidas sexuales plenas y placenteras, se rieron. Seis meses después, en una reunión regional, vi a una de esas “vacas sagradas” repetir exactamente mis palabras. Me dolió, claro, aunque sigo participando porque sé que, sino lo hago, estas cosas se repiten. No puedo confrontar directamente porque tiene un costo institucional, pero al menos puedo ser un contrapeso.
Al final pienso: bueno, si se apropian de mi discurso, al menos se está escuchando otra cosa distinta a lo de siempre. Igual me molesta, pero también me confirma que era importante decirlo.
10 Pensamiento, formación, reflexión y autocrítica
En el feminismo de calle y en los espacios de autoformación hay una riqueza vital. Algunas compañeras han creado sus propias escuelas, otras inventan metodologías innovadoras, y muchas tejen redes de apoyo y solidaridad sin necesidad de grandes comodidades o lujos.
Ese proceso de autoformación siempre trae reflexión: sobre lo que decimos, sobre lo que hacemos. Me pregunto por qué repetimos consignas que no son nuestras, sin detenernos a pensar en la realidad boliviana. ¿Por qué gritar “aborto legal en el hospital”, una consigna argentina, sin contextualizarla aquí? ¿Por qué seguir hablando del aborto clandestino como si fuera un “negocio asesino”, cuando sabemos que hay personas que arriesgan su libertad practicando abortos seguros? Las simplificaciones nos hacen daño. Desde el activismo caemos en trampas: creer que todo debe ser gratuito y autónomo nos lleva a la auto-precarización. Necesitamos mirarnos críticamente, reconocer matices y aceptar críticas sin vivirlas como ataque.
Lo digo también desde mi experiencia. He aprendido de los procesos de autocrítica que me han regalado compañeras valiosas. Son críticas que no se lanzan para herir, sino que invitan a pensar, a replantearse, incluso a soltar espacios. Irse cuando toca es un aprendizaje que aún falta mucho en el feminismo boliviano.
11 Fortalezas: Nuestra generosidad nos hace fuertes
Si algo nos sostiene es la generosidad de algunas compañeras: compartir saberes, tender la mano, abrir camino. En mi vida he tenido referentes como María Ángela Sotelo o Mónica Novillo, feministas bolivianas que me han acompañado con respeto, sin apropiarse de mis palabras, sin burlarse de mis posturas. También he encontrado esa generosidad en compañeras de Vecinas Feministas.
Eso mismo intento transmitir en Warmis en Resistencia: lo poco o lo mucho que sé, lo comparto con todo el amor. Porque cada compañera, incluso la que cree que “sabe menos”, trae una experiencia enorme. En los feminismos deberíamos potenciar eso siempre.
Otra fortaleza es la mirada estratégica: saber cuándo estar, cuándo insistir y también cuándo irse. No es fácil retirarse, ni de los espacios, ni de las luchas, porque una lleva todo esto en el cuerpo. Pero quedarse en lugares donde ya no creces, donde te desgastas, o donde ya no puedes aportar, también es un peso. Aprender a soltar es parte de la resistencia.
También considero fundamental la capacidad de tender puentes. No siempre estamos de acuerdo entre colectivas, pero es importante reconocer cuándo es momento de dar un paso al costado y dejar que otras voces ocupen el espacio. A mí me costó, por ejemplo, dejar de organizar marchas emblemáticas después de choques internos que no consideraba justos. Sin embargo, entendí que ceder espacios es necesario para que el movimiento siga creciendo. Yo decidí apartarme de algunos lugares, aunque no haya sido fácil. La lucha sigue inscrita en mi cuerpo, pero también sé que hay otras formas de acompañar.
12 Nudos críticos
Creo que nudos críticos en la lucha feminista y por el derecho al aborto es la despolitización y la falta de un enfoque interseccional. Cuando no miramos integralmente, desde nuestro propio contexto, terminamos atrapadas en discursos importados que poco tienen que ver con la realidad boliviana. Y eso, lejos de ayudarnos, nos puede jugar en contra.
Además, a medida que envejecemos, es natural sentirnos desconectadas de las nuevas generaciones y cuestionar sus prioridades, pero es importante reconocer y respetar su perspectiva para garantizar la continuidad del movimiento.
También me preocupa cómo algunas colectivas funcionan casi de manera intuitiva, sin generar procesos políticos sólido. Todas empezamos así, claro, pero si no avanzamos hacia debates más profundos, caemos en repeticiones peligrosas. A veces aparecen discursos tan frágiles que rayan en lo fascista, y eso, nos desarticula. Por eso creo que necesitamos discutir “mínimos” comunes que nos sostengan.
Otro obstáculo es la narrativa del “baño de sangre”. Muchas colectivas e instituciones insisten en discursos de tragedia, como “las pobres son las que mueren”. Eso más que abrir caminos, nos estanca. Si seguimos asociando el aborto solo a la muerte y a la culpa, ¿cómo vamos a avanzar hacia la despenalización social?
13 Entre vacas sagradas y la instrumentalización de nuestras luchas
En el movimiento también hay “vacas sagradas”: mujeres que parecen tener siempre la última palabra, que deben estar en todo, decidiendo cada detalle de lo que se dice o se hace. Si no es como ellas piensan, entonces está mal. Eso genera tensiones, desconfianza y bloquea los procesos de delegación. Yo misma lo viví: me pidieron que no dijera públicamente que era parte del Pacto porque era un espacio “institucional”. Tiempo después esas mismas personas reconocen que era necesario articular con las colectivas; y yo sigo siendo la que hace ese trabajo.
Con las nuevas generaciones pasa algo distinto, pero igual de grave: muchas veces se las instrumentaliza. Se las lleva a ocupar espacios sin preparación, sin información, sin herramientas. Si de verdad queremos un diálogo intergeneracional, necesitamos escucharlas, potenciarlas, fortalecerlas e incluirlas de manera genuina.
14 La que patea la puerta no negocia
Vivimos en un país profundamente conservador. El Estado laico, en Bolivia, es apenas una consigna; en la práctica, seguimos siendo una sociedad religiosa y patriarcal. El feminismo, en lugar de dinamitar esos cimientos, a veces refuerza los mismos moldes con discursos poco estratégicos. Yo no tendría problema en “quemar iglesias”, pero sé que no es el camino. En política hay que medir qué conviene y qué no. Como dicen las argentinas: “La que patea la puerta no negocia”. Si todas pateamos ¿quién se sienta luego a negociar en la Asamblea Legislativa?
El gran problema es que el movimiento feminista boliviano no está logrando avanzar en la despenalización social del aborto. Argentina consiguió lo que consiguió porque trabajaron en la calle, como hormiguitas, día a día. Lo nuestro sigue siendo muy urbano, reducido a mujeres con ciertos privilegios, cuando el 80% de las bolivianas viven en la informalidad, al día, con lo justo para sobrevivir.
He visto de cerca esa realidad. En uno de mis abortos conocí a una mujer que llegó a la clínica después de ahorrar centavo por centavo, escondiendo dinero del vuelto que le daba su marido. Tenía cinco hijos, un esposo que la violentaba sexualmente y que no le permitía trabajar. Cuando por fin pudo ahorrar y esperar a que él viajara, ya había pasado el tiempo gestacional. La sacaron del quirófano y la maltrataron. Esa es la cara urbana de la clandestinidad. Y encima desde ese mismo movimiento feminista, seguimos oyendo frases como “el aborto clandestino es un negocio asesino” o “en la clandestinidad vas a morir”. ¿Cómo se supone que esa mujer, o yo misma, encajamos en ese discurso?
Creo que aún no sabemos hacer estrategia. Desde las colectivas y el movimiento autónomo reaccionamos, pero no planificamos. Y desde lo institucional, aunque sí hay planificación y objetivos claros, cada cual maneja su propia agenda, sus recursos y sus tiempos. Esa fragmentación también nos limita.
15 RETOS: Todas venimos de historias distintas
Uno de los mayores retos es ser capaces de recibir autocrítica sin ponernos a la defensiva, y también reconocer desde dónde nos llega: a veces con violencia, otras con amor. Venimos de historias distintas y no todas tuvimos las mismas oportunidades. Así como no todas pudimos contar con una acompañante durante nuestros abortos ni acceder a clínicas seguras, legales o clandestinos. Entender esto es clave. La pregunta que me hago siempre es: ¿qué hago para que mi privilegio deje de ser privilegio y se convierta en derecho? ¿Cómo lo vuelvo una posibilidad real y tangible otras?
Otro reto es quitarle al aborto ese discurso de tragedia y sangre. Sí, en algunos momentos ha sido útil para la incidencia política -plantear el aborto como un tema de salud pública nos abrió puertas en varios países, incluido Bolivia-, pero seguimos repitiendo las mismas cifras desde 2016: “cada día mueren dos mujeres por abortos inseguras”. ¿Y si ya no es así? ¿y si cambió? Necesitamos investigar, hablar en serio con quienes abortan, con quienes acompañan, con quienes practican abortos. Porque, mientras sigamos sosteniendo que “te vas a morir”, las mujeres seguirán buscando abortar con miedo, cargadas de culpa, esperando lo peor. El círculo se repite.
También nos hace falta animarnos a tener “discusiones incómodas”, sin miedo a que “la vaca sagrada” nos mire feo o nos expulse. Y aprender a mirar a las más jóvenes sin adulto-centrismo, respetando sus procesos. No todas llegamos deconstruidas ni politizadas, y está bien; lo importante es tender puentes que les permitan caminar más livianas.
Por último, necesitamos superar la dicotomía entre feminismo autónomo y feminismo institucional. No voy a ser tu hermana toda la vida ni aplaudir todo lo que hagas, pero si nos toca defender la despenalización del aborto, ahí tenemos que estar juntas, desde un solo frente.
16 No podemos sostener las cosas solas
El feminismo institucional necesita articular con las colectivas, porque al final somos nosotras las que salimos a la calle, las que pateamos puertas. Pero también necesitamos de la academia, aunque muchas veces ese espacio parezca un edificio rígido, construido sobre normas masculinas y patriarcales. ¿Por qué debo escribir en tercera persona lo que es mi experiencia? ¿Por qué ocultar mi cuerpo detrás de una voz impersonal?
La academia es necesaria, pero tiene que acercarse a los colectivos, que son cuerpos vivos, con sus propias formas de organizarse y hasta de distribuir el dinero. Nosotras repensamos todo. En largas asambleas discutimos, nos enojamos, nos reímos, y a veces de ahí sale algo brillante, y a veces no. Eso casi nunca queda escrito, pero es lo que somos. Por eso valoro tanto las metodologías de narrativas feministas: nos permiten contar nuestras historias, porque de otro modo el tiempo y la vida cotidiana no nos dejan hacerlo.
Tender puentes es fundamental: entre colectivas, instituciones y academia. Necesitamos autocrítica, narrativas propias, estrategias que respondan a nuestra realidad boliviana. Solo reconociendo todas las voces podremos avanzar hacia la despenalización social del aborto y garantizar de verdad los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en Bolivia.