2026, VOL. 3
https://doi.org/10.36368/jcsh.v3i2.1343
CONVERSACIONES CON
Con fe y rebeldía: nuestro camino por el derecho a decidir
Ana Kudelka1* , Paula Estenssoro1
1: Católicas por el Derecho a Decidir, Bolivia
Received 26 January 2026; Accepted 19 February 2026; Published 8 March 2026
Católicas por el Derecho a Decidir ha crecido con vida propia, en movimiento, como un árbol que echa raíces profundas y al mismo tiempo abre nuevas ramas. Su camino ha estado marcado por cambios, aprendizajes y desafíos, siempre en diálogo con el tiempo y con las mujeres que le dan cuerpo. La defensa del derecho al aborto ha sido su esencia, pero alrededor de esa causa central se han ido sumando otros objetivos, alianzas y propósitos. Como una casa hecha ladrillo a ladrillo, su discurso se ha construido con paciencia, afecto y convicción, hasta volverse un refugio y también una trinchera
Esta narrativa entrelaza las voces de Ana Maria Kudelka y Paula Estenssoro.
La voz de Ana María Kudelka es amable y firme a la vez. En ella habita una certeza que se ha vuelto bandera: “la ternura también es revolucionaria”. Su historia personal de fe y de dudas la llevó a confrontar sus propias luchas, a preguntarse cómo ser y estar en el mundo desde la coherencia. El activismo la acompañó en ese camino, primero en distintas organizaciones y colectivos, hasta encontrar en Católicas un espacio para fortalecer su compromiso con los derechos de las mujeres. Para Ana, el aborto no es solo un tema de salud pública: es un acto de resistencia contra las estructuras patriarcales que han controlado por siglos los cuerpos de las mujeres. Desde esa mirada, el feminismo debe ser inclusivo, plural, capaz de entrelazarse con otras luchas sociales. Su activismo es un llamado a la acción colectiva y respetuosa, que acompaña desde diferentes lugares, aun en la diferencia. Porque para ella decidir es un derecho y también un gesto de amor con nosotras mismas.
Paula Estenssoro ha transitado un largo recorrido entre la reflexión y la acción. Su espíritu inquieto encontró en el feminismo una voz clara y una comunidad desde donde vivir la lucha por los derechos de las mujeres. Ha tejido puentes entre la academia, el activismo y las colectivas, convencida de que cada diálogo abre la posibilidad de una narrativa distinta: una donde decidir sobre el propio cuerpo se escuche como un canto de libertad. Hoy, en Católicas por el Derecho a Decidir, Paula siente que llegó a casa. Allí, sus convicciones más profundas encuentran eco en un colectivo de mujeres valientes que trabajan hombro a hombro por un mundo más justo. Su militancia no es un trabajo, es un compromiso vital: derribar los miedos en torno al aborto y transformar ese derecho en un acto celebrado de amor propio y dignidad.
1 Feminismo, una apuesta de vida
Nosotras nos acercamos al feminismo hacia 1999, en diálogo con compañeras activistas y académicas que nos abrieron caminos. Al inicio, muchas tuvimos nuestras propias resistencias: costaba asumir, por ejemplo, que el aborto pudiera ser un derecho, porque nuestras historias personales de fe estaban marcadas por el fundamentalismo. Fueron las experiencias en terreno, el activismo y el contacto con las mujeres los que nos llevó a asumir una postura clara en defensa del aborto legal y seguro. Esa certeza, se consolidó más tarde en espacios institucionales, como el Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza, y más tarde en Católicas por el Derecho a Decidir (CDD), donde sentimos que nuestra labor no era solo un trabajo, sino un espacio donde se unían nuestras convicciones y luchas, tanto personales como colectivas.
En CDD hemos encontrado la posibilidad de conjugar lo que somos y lo que defendemos: los Derechos Sexuales y Reproductivos en toda su amplitud, incluido el derecho al aborto legal, libre, seguro y gratuito. Y ese horizonte es, para nosotras una apuesta de vida.
2 Primeros pasos: articular la fe católica con los Derechos
Católicas por el Derecho a Decidir (CDD) nació en Bolivia en 1996, Inspirada en la red regional y caribeña del mismo nombre, y obtuvo su personería jurídica en 1999. Fuimos mujeres de fe, feministas y activistas quienes decidimos unir espiritualidad y derechos humanos para defender a las más vulnerables y, sobre todo, el derecho a decidir. Desde el inicio tuvimos objetivos claros: promover los derechos de las mujeres desde una perspectiva católica, laica, teológica, feminista, progresista; defender el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos; luchar contra la violencia de género; y promover el diálogo entre fe y derechos humanos.
Ya en los años 2000, contribuimos significativamente en la construcción de un proyecto de ley marco de Derechos Sexuales y Reproductivos, que aunque no prosperó en 2004, por razones políticas, abrió camino a un debate nacional. Más tarde, en la Asamblea Constituyente de 2009, jugamos un papel clave en la constitucionalización de los Derechos Sexuales y Reproductivos y el Estado laico, logrando la separación entre Iglesia y estado, y eliminando la figura de una religión oficial. Fue un hito histórico, alcanzado junto a otros movimientos, pero con una voz diferenciadora: la de nosotras, las católicas, defendiendo la libertad de conciencia y el principio de laicidad.
Desde entonces hemos sido parte de alianzas que conquistaron leyes importantes, como la Ley 348 contra la violencia hacia las mujeres o la Ley 243 contra del acoso y la violencia política. En 2015 y 2016, nos sumamos al Pacto Nacional por la Despenalización del Aborto, logrando avances en el Código Penal aprobado en 2017, aunque lamentablemente fue abrogado al año siguiente por presiones políticas y sociales.
Hoy seguimos impulsando un anteproyecto de Ley Integral de Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos, que reconoce la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE). Sin embargo, el escenario político no ha permitido que se debata en la Asamblea Legislativa, por lo que el marco vigente sigue siendo la Sentencia Constitucional 0206/2014, que regula el aborto legal bajo causales.
En paralelo, enfrentamos una fuerte ofensiva de los sectores conservadores y antiderechos, que buscan retroceder en conquistas como la Ley 348. Por eso, nuestra labor es doble: impulsar nuevos avances y, al mismo tiempo, defender lo ganado.
3 Somos las hijas pródigas amadas por la diosa
Nosotras también nacimos en diálogo con hitos internacionales como la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo de El Cairo (1994) y la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW). Desde el inicio propusimos una mirada integral de la sexualidad, lejos de tabúes y de reduccionismos. Pusimos en el centro la autonomía de los cuerpos, porque sin autonomía no hay posibilidad real de ejercer otros derechos: ni reproductivos, ni económicos, ni sociales.
Nuestra voz ha sido incómoda y controversial. En un movimiento feminista que muchas veces discriminaba a las voces de fe, nos atrevimos a llamarlas “católicas”, con todo el peso que todo eso implicaba. Pero esa decisión fue estratégica: ser una voz divergente capaz de interpelar a las jerarquías eclesiales, denunciar el patriarcado, el celibato, el secreto de confesión que protege abusadores, y la exclusión de las mujeres de los espacios de poder en la Iglesia.
Esa es la paradoja de CDD: para algunos somos “las hijas pródigas amadas por la diosa”, para otros las que se desviaron de la lectura literal de la Biblia. Pero que realmente lo que hacemos es abrir un camino para todas las mujeres que quieren vivir su fe en coherencia con los derechos humanos.
4 Un camino y una voz alternativa, teológica, liberadora, feminista
Nosotras, en Católicas por el Derecho a Decidir, hemos ido respondiendo siempre a la realidad y a los contextos que nos toca vivir. A lo largo de estos 28 años transitamos una fase de consolidación, en la que nos fortalecimos como una de las pocas organizaciones que hablaba abiertamente de los derechos sexuales y reproductivos y el aborto, hasta convertirnos en un referente en estos temas. Haber logrado ese posicionamiento temprano fue un paso histórico.
Esta etapa inicial estuvo marcada por coyunturas, oportunidades y también desafíos. Esta primera fase duró cerca de 20 años: fue un tiempo de crecimiento, de posicionamiento, de sembrar raíces profundas. Pasamos luego por un proceso interno de recuperación financiera de gestión institucional de la que emergimos transformadas, con una agenda más amplia y renovada.
Ahí enfrentamos un periodo crítico de dos o tres años, cuando muchos de los procesos que habíamos iniciado no pudieron sostenerse. Se trató de una crisis global que redujo los recursos disponibles para la agenda de derechos de las mujeres. En los años 90 y 2000 el enfoque de género estaba en auge y contaba con recursos, pero con el tiempo estos se redujeron. No todos los financiadores estaban dispuestos a apostar por la igualdad de género o a luchar contra la violencia. Así, hubo menos interés en promover y ejercer los derechos sexuales, y eso nos obligó a detenernos, restringirnos y reestructurarnos.
En los últimos diez años vivimos fases de renovación. La primera fue una reorganización institucional: redefinimos nuestra estructura, establecimos mandatos cíclicos, fortalecimos la gestión administrativa y elaboramos un plan estratégico más sólido. La segunda, que vivimos en los últimos ocho a diez años, nos llevó a construir una nueva Católicas por el Derecho a Decidir: con liderazgos renovados, un sistema de gobernanza más fuerte y una agenda que amplió su horizonte hacia la laicidad, la libertad de conciencia, el derecho a vivir libre de violencia y el derecho a decidir. Nuestra voz se consolidó como una voz alternativa, teológica, liberadora y feminista. Que no teme disentir de la jerarquía eclesial y de todo lo que oprime a las mujeres.
Para comprender este proceso hay que mirar el feminismo de los 90. Entonces todavía se hablaba en singular de “mujer”, y los enfoques eran profundamente asistencialistas: estrategias diseñadas desde espacios de privilegio, que no incluían a las propias mujeres como sujetas de acción. Con el tiempo, el enfoque de género evolucionó hacia miradas más diversas, y eso nos permitió construir una perspectiva mucho más vinculada a la realidad de las mujeres, reconociéndolas como protagonistas, como sujetas activas, incluso en procesos de rendición de cuentas.
En la última década, nosotras mismas aprendimos mucho sobre gobernanza. Dejamos de ser solo mujeres de clase media y blancas operando estrategias, para apostar por una mirada interseccional. Me encanta cuando algunas organizaciones dicen que hay que hablar de la interseccionalidad como si fuera algo nuevo. Pero ya hace más de veinte años, académicas como Cecilia Salazar nos interpelaban a pensar las intersecciones de clase, etnia y género. Lo difícil ha sido transformar esas ideas en prácticas reales.
Hoy sabemos que nuestras compañeras de base, las organizaciones locales y las diversidades ofrecen pautas mucho más sensibles y cercanas para responder a los desafíos. Por eso planteamos transformar e innovar, incluso después de muchos años de repetir estrategias que daban buenos resultados, pero no siempre los más exitosos.
La pandemia fue un punto de quiebre. Nos obligó a repensar todo, y descubrimos que podíamos hacer las cosas de manera distinta para lograr mejores resultados. Esa capacidad de reinventarnos, de escuchar y de crear, es la que sostiene hoy nuestra voz: una voz feminista, de fe, liberadora y profundamente humana.
6 Un texto sin contexto es un pretexto
Vivimos en sociedades profundamente conservadoras, que entienden la sexualidad y la reproducción desde el tabú, el morbo y el dogma religioso. La iglesia católica y las nuevas corrientes neopentecostales y evangélicas han fortalecido esa mirada moralizante. En ese escenario, nuestro aporte fue apostar desde el inicio por la despenalización social y cultural, que implica liberar conciencias, desculpabilizar y desestigmatizar.
Como parte de la Red de Católicas por el Derecho a Decidir en América Latina y el Caribe, nos formamos en derecho canónico y hacemos una relectura bíblica desde la teología feminista. Lo que repetimos siempre: “un texto sin contexto es un pretexto”. Esa relectura nos permite hablar desde la fe sobre lo que la Iglesia convirtió en tabú o pecado. En la Biblia hay referencias que nos ayudan a dialogar sobre maternidad sustituta, diversidad sexual o aborto. Con esta perspectiva, interpelamos la figura eclesial que ha perseguido a las mujeres, llenándolas de culpa y limitando su derecho a decidir.
Hace más de 30 años, desde Católicas por el Derecho a Decidir, advertimos sobre el avance de corrientes neoconservadoras y fundamentalistas que hoy vemos desplegarse en Argentina, Estados Unidos, Brasil y también en países que se autodenominan progresistas. Estos movimientos han instrumentalizado lo religioso para retroceder en derechos conquistados.
Nuestro “clic” como Católicas ha sido no limitar la agenda feminista, sino ampliarla: dar voz a mujeres de fe, abrir espacios de diálogo entre espiritualidad y derechos, y cuestionar la jerarquía eclesial y sus silencios frente a violencias y abusos. Hoy nuestros planes estratégicos se alinean a ese horizonte: contribuir al ejercicio efectivo de todos los derechos sexuales y reproductivos, entre ellos el derecho al aborto, al placer, a decidir, a una vida libre de violencias, y a una autonomía integral que reconoce que los cuerpos son sexuados, vulnerables, pero también con capacidad reproductiva.
Ese es el camino que seguimos: cuidar lo que hemos conquistado, avanzar hacia nuevos horizontes y recordar que la despenalización del aborto no solo se gana en leyes, sino también en la conciencia colectiva.
7 Incidencia en la comunidad para contrarrestar discursos conservadores
En nuestro caminar hemos aprendido que la incidencia no se construye sólo desde los pasillos de la política, sino también desde la vida cotidiana de las mujeres. Por eso generamos evidencias: contamos con un observatorio que nos permite producir datos y argumentos sólidos para sostener nuestras luchas. Creemos que la evidencia es clave para abrir caminos en la política pública: desde impulsar una ley de Derechos Sexuales y Reproductivos con otras organizaciones de sociedad civil que incluya la interrupción voluntaria del embarazo (IVE), hasta capacitar a funcionarios y personal de salud en la aplicación de la Sentencia Constitucional 0206/2014.
Durante mucho tiempo, incidencia significaba únicamente lobby: saber con quién hablar y cómo acceder a quienes toman decisiones. Hoy entendemos que la incidencia es mucho más amplia: es también lograr que las instituciones apliquen los derechos ya reconocidos, fortalecer narrativas y contrarrestar los discursos de los sectores antiderechos.
Los fundamentalismos religiosos y conservadores han ganado espacio como movimiento social. Esto nos plantea un nuevo reto: no basta con repetir nuestros argumentos, necesitamos renovar discursos y narrativas para responder a sus dilemas morales y bioéticos, que intentan enfrentar el derecho a la vida de las mujeres con la idea del “no nacido” como sujeto de derechos. Ahí nuestra voz disidente como mujeres católicas es un aporte único: ¿quién, si no nosotras, puede interpelar desde la fe esos discursos que pretenden monopolizar lo moral y lo religioso?
8 La formación de nuevas narrativas, nuevos liderazgos
Responder a estas amenazas implica también formar nuevas voceras y lideresas. Hemos aprendido que los cambios más duraderos ocurren cuando las mujeres se empoderan para hablar con sus propias voces. No buscamos solo replicar talleres o capacitaciones: apostamos por procesos de transformación personal que luego se multiplican en lo cotidiano.
Lo vemos en testimonios simples pero poderosos: mujeres que dicen “ahora puedo hablar de estos temas con mi mamá”, o jóvenes que se atreven a conversar con una vecina, una hermana o una amiga sobre derechos sexuales y reproductivos. Esa capacidad de transmitir lo aprendido de manera cercana y comunitaria es lo que realmente funciona.
Este trabajo no es nuevo, pero hoy lo hacemos con mayor conciencia y estrategia. Entendemos que los liderazgos no deben estar concentrados en unas pocas, sino en las mujeres de base, en las jóvenes, en quienes enfrentan las mayores vulnerabilidades. Su mirada y su experiencia son las que dan coherencia a nuestras luchas, porque el derecho a decidir nunca es un tema aislado: está entretejido con otras necesidades, como la salud, la educación, la justicia y la autonomía económica.
9 La pandemia y la posibilidad de reconectar
La pandemia del COVID-19 fue un quiebre que nos obligó a repensarnos. Durante meses no pudimos salir a las calles ni encontrarnos físicamente, pero esa crisis abrió también la posibilidad de reconectar de otra manera. Nos empujó a mirar las luchas de las mujeres en toda su complejidad: ¿cómo hablar de autonomía corporal si la dependencia económica sigue siendo una cadena?, ¿cómo hablar de derechos sexuales y reproductivos sin hablar del derecho a una vida libre de violencia o de la interseccionalidad de las opresiones?
En ese tiempo supimos responder con creatividad. Mientras muchas organizaciones quedaron paralizadas, en Católicas logramos adaptarnos y generar nuevas propuestas. Creamos espacios como los círculos de mujeres, que no se cortaron ni siquiera en lo más duro de la pandemia, y lanzamos proyectos que apostaron por la autonomía integral.
Uno de los frutos más valiosos fue la formación de alrededor de 100 mujeres emprendedoras que, además de iniciar sus propios proyectos económicos, lo hicieron vinculando sus negocios con la defensa de los derechos sexuales y reproductivos. Detrás de cada emprendimiento hay historias de vida que muestran que la lucha por el derecho a decidir está conectada con la posibilidad de construir independencia, dignidad y futuro.
La pandemia nos enseñó que no podemos trabajar un tema sin el otro. Los derechos sexuales y reproductivos están ligados a la justicia económica, al fin de las violencias y a una vida plena. Por eso, hoy seguimos caminando con la certeza de que nuestras respuestas deben ser integrales, sensibles e innovadoras.
10 Comunicación de la mano con las mujeres
Uno de nuestros brazos más fuertes en Católicas es la comunicación para el desarrollo, porque creemos que contar lo que hacemos es también transformar la realidad. No hablamos desde afuera, sino de la mano con las compañeras, mostrando el impacto real de nuestras luchas.
A lo largo de estos años hemos impulsado campañas en redes sociales, en la radio y en algunos momentos también en televisión. Una de ellas, que recordamos con mucha fuerza, mostraba a una mujer de pie frente a una iglesia y preguntaba: “Si yo he abortado, ¿puedo entrar a la iglesia?”. Esa sola imagen generó un sacudón, porque puso en palabras lo que muchas mujeres sienten y callan.
Hoy continuamos con esa línea innovadora, pero con un paso más: no solo producimos campañas para las mujeres, sino con ellas. Un ejemplo es el trabajo con más de 200 mujeres del área rural que se formaron en el derecho a decidir y que ahora elaboran sus propios materiales de comunicación. Ellas cuentan sus historias, con su voz y su mirada, y nosotras acompañamos el proceso.
Nuestra comunicación también se expresa en las calles: en ferias, en las batucadas que llevamos a cada movilización, en esas formas distintas de habitar el espacio público que rompen el silencio. Eso nos ha convertido en referencia: muchas veces otras organizaciones recurren a nosotras por recursos, materiales o ideas de cómo comunicar los derechos sexuales y reproductivos desde una perspectiva creativa y cercana.
11 Alianzas y articulaciones: nos ponemos la camiseta
Desde nuestros orígenes hemos entendido que solas no podemos. Por eso hemos sido parte y, muchas veces, impulsoras de diferentes articulaciones a nivel local, nacional y regional. Formamos parte de la Campaña 28 de Septiembre, desde su nacimiento, hace ya tres décadas. También nos integramos al entonces Pacto por la Despenalización del Aborto, que hoy conocemos como el Pacto Nacional por los Derechos Sexuales y Reproductivos. Estas articulaciones congregan activistas, colectivos, ONG e instituciones, todas con la convicción de empujar juntas la agenda del derecho a decidir.
En algunos casos hemos liderado procesos, como la creación de Alerta Montevideo, una red conformada por más de 20 organizaciones que hace seguimiento a los acuerdos asumidos en el Consenso de Montevideo de 2013, especialmente en lo referido al aborto legal, seguro y gratuito. Otro espacio que hemos impulsado es el Comité Pro Laicidad, para defender el Estado laico y la libertad de conciencia. Y seguimos siendo parte de la Mesa de Derechos Sexuales y Reproductivos.
A nivel regional, una de nuestras mayores fortalezas es pertenecer a la Red de Católicas por el Derecho a Decidir de América Latina y el Caribe, presente en diez países. En los últimos años la coordinación estuvo compartida entre Bolivia y El Salvador, lo que nos ha permitido incidir de manera conjunta y colegiada en agendas internacionales.
También participamos en iniciativas como Mira que te Miro, una plataforma de monitoreo social del Consenso de Montevideo, donde aportamos información desde Bolivia para evaluar el cumplimiento de los acuerdos.
Sabemos que en estos espacios no siempre es fácil. Hay pugnas por intereses, disputas por el protagonismo o incluso tensiones sobre quién pone el logo en cada acción. Nosotras hemos aprendido a mantener una postura clara: el fin es más importante que el nombre propio. Creemos en la generosidad política, en sumar esfuerzos y no en competir. Esa transparencia nos ha dado un lugar de respeto en muchas articulaciones.
A la vez, reconocemos que en esta agenda muchas veces somos las mismas mujeres que nos movemos con distintas camisetas: en un momento somos parte de Alerta Montevideo, luego del Pacto, después del Comité Pro Laicidad. Pero seguimos siendo las mismas que sostenemos las luchas.
En espacios menos formalizados, como la Campaña 28 de Septiembre o las marchas del 8 de Marzo y el 25 de Noviembre, nosotras también estamos presentes. Nos sumamos a los movimientos amplios de feministas de La Paz y El Alto, bajo la consigna de independencia y autonomía: cero ONG, cero gobiernos, cero partidos. En esos espacios no llevamos logos, vamos como activistas, porque nuestra apuesta es política y de vida.
Con algunas colectivas independientes hemos generado puentes y diálogos, incluso cuando nos han cuestionado por ser una ONG. Reconocemos esas críticas y, en lugar de alejarnos, las hemos convertido en oportunidades de encuentro. Así nació, por ejemplo, la Escuela por el Derecho a Decidir, un espacio donde construimos juntas estrategias y compartimos saberes.
Al final, lo que nos mueve es seguir tejiendo redes de confianza. Porque cada alianza, formal o no, fortalece el sueño colectivo de que el derecho a decidir sea una realidad para todas.
12 Feminismo, ¿sigue siendo una mala palabra?
En muchos de los espacios en los que participamos, todavía aparece la pregunta: ¿eres feminista o no?. Nosotras mismas lo vivimos al ser parte de alguna articulación regional latinoamericana en la que se elaboraba su plan estratégico y se discutía si debíamos nombrarnos feministas. Pensábamos que era un tema ya resuelto, pero todavía había organizaciones que no se autoidentificaban como tales. Para nosotras, la mirada feminista antipatriarcal, anticolonial y antirracista es el punto de encuentro común que nos hermana, más allá de las formas organizacionales.
Sabemos que la Campaña 28 de Septiembre nació desde el feminismo, con una agenda clara y profundamente vinculada al movimiento. Sin embargo, dentro del Pacto no todas las organizaciones que se suman se reconocen como feministas, y eso marca una diferencia al momento de establecer alianzas o de definir una agenda común. Este es uno de los puntos más frágiles dentro del propio Pacto del que formamos parte.
Además, los temas de poder, recursos o contactos personales generan tensiones. A veces, quien tiene más acceso a ciertos espacios políticos o a figuras clave, como ocurrió en negociaciones para el anteproyecto de ley de derechos sexuales y derechos reproductivos, termina ocupando un lugar más visible. Y en esos momentos, mencionar —o no— el feminismo puede provocar rupturas.
También reconocemos que en el movimiento pesan las fracturas políticas y sociales de nuestro país. Algunas feministas se distanciaron en torno al conflicto de 2019 —fraude electoral para unas, golpe de Estado para otras— y todavía buscan dónde articularse nuevamente. Todo esto se suma a la fragmentación social más amplia que atravesamos.
13 Muchas mujeres ponen su cara, su cuerpo, su rostro para hablar a favor del aborto
Las posturas feministas frente al aborto son diversas. Algunas colectivas apuestan por la vía de la autonomía absoluta: aborto autogestionado y acompañamiento seguro, sin pedir permiso al Estado. Reconocemos el valor de estas prácticas, pero también sabemos que siguen siendo ilegales y conllevan riesgos de criminalización.
Otras, como nosotras en Católicas, apostamos por la incidencia en política pública y la generación de normativa que garantice derechos. Creemos que, aunque imperfecto, es el Estado el que finalmente puede asegurar que el aborto legal, libre y seguro sea reconocido como parte de la salud pública y del ejercicio pleno de los derechos.
Estos debates generan diferencias, a veces vistas como una tensión entre un feminismo más anarquista, antiestatal, y un feminismo que apuesta por el cambio institucional. Para unas, la lucha es lograrlo solas. Para otras, es imprescindible que el Estado asuma su responsabilidad. Ambas posturas conviven en el movimiento, y muchas veces se entrelazan con cuestiones de clase, generación o identidades políticas.
Hoy vemos un cambio muy fuerte: hace quince años casi no había jóvenes que hablaran públicamente del derecho al aborto. Ahora hay miles de chicas que ponen su cuerpo, su rostro y su voz en las calles, con la fuerza de la Marea Verde que ha potenciado estas colectivas y su capacidad de enunciación.
El feminismo también se ha diversificado en identidades y voces. Hay mujeres que hablan desde un feminismo comunitario, de Abya Yala, ecofeminista; otras que resisten al feminismo blanco, académico, de clase media. Hay quienes provienen de pueblos indígenas, afrodescendientes, mujeres con discapacidad, diversidades sexuales. Todas ellas nos interpelan con una consigna clara: “No hablen por nosotras, déjennos hablar por nosotras mismas”.
En medio de estas diferencias, se generan alianzas más informales, complicidades que nacen en la calle, en un taller, en una marcha. Muchas veces nos dicen: “Qué bueno que vinieron, compañeras”. No siempre es una alianza institucional, sino una confianza personal, construida en la práctica. También surgen redes de acompañamiento al aborto seguro con medicamentos, que funcionan en paralelo a las luchas por cambiar la ley.
Nosotras creemos que estas tensiones, lejos de debilitarnos, muestran la vitalidad y la diversidad del movimiento feminista. Porque, aunque no todas hablemos desde el mismo lugar, compartimos la certeza de que el derecho a decidir es irrenunciable.
14 El desafío: Mujeres de todos los colores, las formas, las voces
Ponerse en los zapatos de las acompañantes y reconocer lo que ellas transitan para que una mujer pueda abortar es muy duro. Desde afuera puede parecer sencillo decir: “trabajamos con acompañantes”, pero cuando escuchamos sus historias entendemos la magnitud del riesgo y la valentía. Muchas han sido perseguidas, juzgadas, sin apoyo económico ni respaldo de organizaciones. Son trayectorias de resistencia que merecen ser reconocidas con toda su dignidad.
Hay un espacio común que nos une: las calles. En las movilizaciones vemos mujeres cada vez más diversas. Ya no solo jóvenes urbanas, sino mujeres del área periurbana, rural, mujeres de pollera que antes casi no aparecían en nuestras marchas del 28 de septiembre; ahora también vemos a mujeres con discapacidad, a lesbianas que salen con el pecho descubierto, con tambores y batucadas. Son expresiones potentes de exigencia y libertad que amplían los rostros y cuerpos de esta lucha.
Sin embargo, desde los espacios más institucionales todavía pesa el poder económico y político. Por eso creemos que uno de los grandes desafíos es democratizar estos diálogos, abrirlos a promotoras comunitarias y a colectivas de base. Durante mucho tiempo sentimos que estos espacios eran solo “nuestros”, siempre las mismas en las reuniones y conferencias. Hoy sabemos que necesitamos compartirlos, porque cuando se cierran terminan convertidos en espacios de élite, donde las decisiones se toman sin la voz directa de mujeres afrodescendientes, rurales, indígenas o de barrios populares.
El reto es grande, porque al mismo tiempo debemos cuidar la institucionalidad que nos permite existir y sostenernos. Somos visibles y referentes, y por eso también somos blanco del control y el ataque de los sectores antiderechos. No es casual que, en la discusión del nuevo Código Penal, nuestro nombre haya salido en todos los periódicos, acusándonos directamente de promover el aborto.
Ese doble desafío —cuidar la institución y abrir los espacios— nos acompaña siempre. Porque es cierto que hay que protegernos, pero también necesitamos coherencia: si hablamos de democratizar, debemos hacerlo realidad. Solo así este movimiento será realmente de todas, con todas y para todas.
15 Los retos, los desafíos y un enemigo que rebasa fronteras
Con el tiempo hemos cambiado nuestra mirada sobre el contexto. Antes pensábamos que el peso estaba sobre todo en los grupos religiosos, y sí, claro que siguen siendo poderosos, pero hoy reconocemos que la amenaza más fuerte viene de una ideología política organizada: un movimiento neoconservador, de derechas radicales, con una avanzada continental en América Latina y el Caribe. No actúan solos; cuentan con financiamiento de grandes iglesias, fundaciones y actores transnacionales que sostienen esta ofensiva.
No es fácil separar religión y política, porque ambos se entrelazan. Estos grupos tienen sus propias organizaciones, redes de WhatsApp y campañas coordinadas bajo sellos como Proyecto por la Vida. En Bolivia supimos de una de estas articulaciones que llega desde Argentina y camina de la mano con figuras como Javier Milei y otros líderes radicales. Su agenda es clara: atacar los Derechos Sexuales y Reproductivos, pero no solo eso, también avanzar sobre otras conquistas. Lo vemos en la forma en que intentan instalar la idea de que las leyes contra la violencia de género son “leyes contra los hombres”, debilitando consensos que pensábamos ya consolidados.
Su estrategia es peligrosa: han convertido la falacia de la “ideología de género” en bandera, y con ella logran articular a sectores conservadores de diferentes iglesias. La jerarquía católica, por ejemplo, nunca pierde la oportunidad de desconocernos. Si preguntan a un obispo de Bolivia por nosotras, lo primero que dirá es que no somos católicas. En Perú y Brasil, nuestras compañeras enfrentaron juicios para quitarles la personería jurídica y el nombre. No son ataques menores, son parte de un movimiento que rebasa fronteras y que nos coloca siempre en el centro de la confrontación.
En Bolivia ya vivimos la experiencia de cómo los populismos progresistas también usaron este conservadurismo religioso como moneda de cambio. No olvidamos que en 2004 Evo Morales buscó alianzas con iglesias evangélicas y neopentecostales para garantizar mayorías, abriendo espacio a liderazgos profundamente dogmáticos dentro de los ministerios. Recordamos a Silvia Lazarte, presidenta de la Asamblea Constituyente, que cedió ante esas presiones y cambió el texto constitucional para imponer que el matrimonio solo sea entre hombre y mujer. Estas concesiones nos recuerdan que la amenaza no viene únicamente de la extrema derecha, sino también de sectores que se autodenominan progresistas.
El fundamentalismo religioso es un monstruo de muchas cabezas. No solo opera desde los púlpitos, sino también desde los parlamentos, los medios y las políticas públicas. En Argentina lo vemos claro: se pretende desvirtuar la Educación Sexual Integral para reducirla a métodos “naturales” y a discursos de abstinencia, disfrazando retrocesos como si fueran nuevas propuestas.
Además, los retos no son solo regionales: la geopolítica también atraviesa nuestras luchas. El feminismo global hoy se ve sacudido por debates en torno a la guerra en Palestina, al sionismo y al colonialismo. Esto está polarizando al movimiento internacional, incluso entre feministas que antes caminaban juntas. Así como en Bolivia vivimos la fractura social después de 2019, tememos que algo parecido ocurra en el feminismo global: divisiones internas frente a un enemigo externo que se fortalece.
Reconocer este escenario no nos paraliza; al contrario, nos recuerda que nuestro desafío es mayor: defender derechos frente a un adversario que es transnacional, multifacético y profundamente conservador, pero también renovarnos como movimiento para no fragmentarnos en el camino.
16 Fortalezas y amenazas de cara al futuro
Una fortaleza que sentimos clave es nuestra pertenencia la Red regional de Católicas por el Derecho a Decidir en América Latina y el Caribe. Esa articulación nos sostiene, nos multiplica y nos recuerda que no estamos solas, que lo que construimos aquí dialoga con las luchas hermanas en otros países. Desde ahí aprendemos y también aportamos.
Pero todos nuestros temas son complejos como Católicas por el Derecho a Decidir. Entre nuestras mayores fortalezas está el ser reconocidas como un referente en el tema. Esa visibilidad nos abre puertas y nos da legitimidad, pero también nos impone la responsabilidad de ampliar nuestra mirada. La autonomía corporal, por ejemplo, no puede entenderse de manera aislada; está profundamente atravesada por la pobreza, las desigualdades estructurales y las múltiples dependencias que enfrentamos como mujeres. Ahí se encuentra nuestro mayor reto: construir una agenda integral que vincule el derecho a decidir con la vida digna, con la autonomía económica y con la erradicación de todas las formas de violencia. Es una fortaleza y un reto al mismo tiempo.
Pero no podemos negar que vivimos amenazas serias. Una de ellas es la sostenibilidad de nuestra organización. La cooperación internacional cada vez restringe más sus apoyos, y eso nos obliga a reinventarnos constantemente. Muchas veces sorprende cómo, siendo tan pocas, logramos hacer tanto. Y aunque eso es un orgullo, también tiene costos personales y laborales que pesan. La precariedad de los recursos siempre nos pone frente a la pregunta: ¿cómo sostener en el tiempo este compromiso?, ¿cómo cuidar de nosotras mismas mientras cuidamos de las demás?
Sabemos que el futuro no será sencillo, pero también sabemos que nuestra fuerza está en la convicción, en la creatividad y en la capacidad de tejer redes. Hemos sobrevivido a contextos muy difíciles, y esa resiliencia, que es también ternura organizada, nos da confianza en que podremos seguir defendiendo la vida, la dignidad y los derechos de las mujeres.